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Rastros de la actualidad
El poder real tras la utopía del Renacimiento Bipartidista

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En declaraciones de los principales líderes opositores, en especial de Eduardo Duhalde y Chiche González de Duhalde, como el editorial del diario La Nación del 3 de agosto, y en reiteradas columnas de Mariano Grondona, se insiste con la necesidad del regreso al bipartidismo. Los beneficios que aportarían en lo inmediato sería limitar el autoritarismo del Kirchnerismo, pero, estratégicamente es una mirada que tiende a modelar un sistema de partidos que garantice los rumbos del país (de “su” país y de “sus” intereses). Esgrimen la necesidad de alternancia en el poder de esos partidos poniendo como ejemplo a las “democracias exitosas”, por ejemplo la de EEUU.

Al parecer la propuesta apunta a quebrar las tentaciones de partido hegemónico y oposición de utilería que daña la democracia y el funcionamiento de la República. Pero, en realidad, la idea de recomponer el bipartidismo plantea un esquema de dos polos, con hegemonía en ambos de las posiciones centristas. Es decir, con planteos clonados y basados en los intereses del poder permanente, que disimulen tal cuestión tras el rótulo de políticas de Estado.

Para esto recurren al básico sentido común democrático de la necesidad de diálogo que todos aceptamos como prerrequisito de convivencia. Especialmente aquellos que hemos sido víctimas de la represión estatal por practicar nuestras ideas. Diálogo que culminaría en el necesario consenso. Lo que se oculta es que ese consenso, o es sobre la base de la concentración de riqueza y el mantenimiento de sus privilegios y la conquista de nuevos, o no hay consenso.

El otro gran argumento de la necesidad de un bipartidismo con políticas de estado compartidos por ambos partidos, es el de dar previsibilidad y seguridad jurídica a la Argentina. Mas allá de lo que esta frase pueda expresar en otros países, en el nuestro significa clausurar el proceso de cambio, asegurar las hiperganancias a los beneficiados por los años 90 y a las grandes corporaciones internacionales que miran (y extorsionan con sus reglas de juego condicionando las inversiones) nuestros recursos naturales, el agua, la tierra, el petróleo, entre otros.

El bipartidismo racional y responsable que algunos reclaman es aquel de los negocios compartidos, de la distribución de jueces, comisarios y todo tipo de cargos, de controles estatales deficientes y en manos de los “amigos de la oposición”, de las leyes consensuadas de flexibilización laboral, de desguace del Estado. Por mas que quieran vestirlo de una nueva realidad posliberal, lo cierto es que es la vieja política. La derecha política todavía no ha podido generar nuevos líderes, nuevos partidos, para evitar hacerse cargo de la historia de la que han sido parte. Una muestra de ello es que la unidad festejada en el senado para derrotar el intento de retenciones móviles, mostró figuras tales como Carlos Menem, Rodríguez Saa, Roberto Urquia, etc.

Hay una parte de las corrientes políticas del llamado campo nacional popular y progresista, que también han planteado este esquema de partidos, basado en la idea de sincerar cómo es la realidad de lucha de ideas e intereses. Sin embargo, y desde el respeto a muchos que lo han sostenido y sostienen, no compartimos ese deseo. El desarrollo del sistema de partidos no responde a la voluntad de un hombre (por importante que sea), o un grupo de hombres (por grande que fuese), sino a procesos políticos y sociales que introducen sus raíces en la historia nacional. De ella deviene una conformación plural diversa. No fue posible pensar sólo en la dicotomía PJ-UCR como totalizadora de la realidad nacional, aún en el auge de estos dos grandes partidos, porque eso fue desconocer a socialistas, intransigentes, PRT, comunistas, anarquistas, demócratas cristianos, al partido militar, a la nueva fuerza o después la UCeDe, desconocer los partidos provinciales como los demócratas de Mendoza o los demoprogresistas en Santa Fe y tantos otros. La uniformidad en dos partidos no es un deseo ligado a una mejor democracia, sino a un achicamiento de la misma. Las sociedades tienden a dividirse en bandos opuestos cuando se vive una guerra civil o una revolución como las del siglo XX en el momento del hecho revolucionario, pero ni antes ni después.

Nuestra democracia parte de reconocer la diversidad, esa pluralidad que fue construida a lo largo de muchos años y en la que en determinadas condiciones hizo surgir nuevos partidos que agregaron representaciones sociales y políticas vacantes.

Mas allá de reclamos y deseos, la derecha esta leyendo esta realidad. Tiene una estrategia para debilitar al gobierno popular, pero todavía no la tiene para acceder al mismo. Esta debilidad radica en que su representación esta atada al pasado reciente y no es tan importante el olvido como para que se legitime una representación que vaya desde Menem o Duhalde hasta la izquierda. Inteligente fue el intento de Elisa Carrió cuando trató de convertir al Kirchnerismo en una variante del fascismo, porque si la sociedad “compraba” dicha falacia se legitimaba una versión remozada de la Unión Democrática, y ella podía presentarse ante propios y extraños como eligiendo el único camino posible. Sin embargo, la mentira era tan grande que hasta su partido entró en crisis y se dividió.

De nuestro lado

En el campo nacional, popular y transformador la derrota en el Congreso hizo emerger con más fuerza sus debilidades y yerros cometidos en estos años. En primer termino, quedó expuesto a la vista de todos los analistas o ciudadanos, que la estructura del PJ se dividió y que la unidad legal del partido no impidió las decisiones que se tomaron en relación con la discusión sobre las retenciones móviles. Y, que los sectores que se reconocen parte del espacio (crítico o no) que apoya al gobierno pero no es parte del PJ o de los movimientos sociales, no pesaron. Son adherentes de una política, pero no parte de su diseño.

La debilidad, la falta de protagonismo político, se da de bruces con la realidad de ser éste el gobierno nacional que más participación le ha otorgado en cargos de funcionarios. Es que la debilidad no esta en cuántos ministros se tienen, sino en que no esta constituido un actor político frentista que exprese su voluntad de cambio, genéricamente de centro izquierda e izquierda, y que represente a un inmenso universo de ciudadanos, corrientes, agrupaciones, partidos, intelectuales, que por su peso, opinión y representación sea necesariamente parte de la discusión y de la estrategia del proyecto nacional.

Puro sentido común: Aportar decididamente al surgimiento de este actor político partiendo de unir la dispersión, pero sobretodo de coaligar con una parte de nuestro pueblo, cuya identidad abreva en los deseos de cambio y necesita de un canal distinto a las estructuras tradicionales y su forma de construcción de poder. Ello será parte tanto de aportar ideas y propuestas a la nueva etapa del proyecto popular y su gobierno, como de la construcción de una correlación de fuerzas apta para profundizar el rumbo.

 

3 de agosto 2008

 

Bipartidismo

 

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Comentarios

Roque dijo:

Hola amigos.Al exigir diálogo para el consenso,el poder real lo que desea es limitar el poder de Cristina para gobernar,de acuerdo al mandato popular.Temerosos de las iniciativas del Gobierno,verdaderas zarandas que dejan al descubierto la suciedad,es lógico que busquen la predecibilidad y la alternancia\"democrática\" del bipartidismo.En un contrxto de derecha.Sin sacar los pies del plato.

Enviado el 28/03/2009

 

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