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Rastros de la actualidad
LA RESTAURACION CONSERVADORA

ALEJANDRO MOSQUERA

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Diversos procesos convergieron para dar nacimiento a la etapa abierta en el 2003. A la crisis económica financiera del programa neoliberal que agravó exponencialmente las condiciones de vida de la población, se sumaron las revueltas populares del 2001, el cansancio popular en los políticos tradicionales por su responsabilidad en la catástrofe que se estaba viviendo y la pérdida de confianza en las terceras fuerzas como el Frepaso (tanto por los límites posibilistas de las mismas como por los errores cometidos). Derivaron en una inestabilidad institucional y, después de varios intentos gatopardistas, en las elecciones que dieron el triunfo a Néstor Kirchner.

Por un lado, los sectores populares desde el peronismo hasta la izquierda, vieron en el nuevo Gobierno la oportunidad de atender a las demandas más urgentes que la agenda social había puesto en el tapete. Así creció el respaldo a las medidas económicas destinadas a generar trabajo, a las políticas sociales que sin dejar su carácter asistencialita se extendían para paliar la situación, a las actitudes de dignidad ante la impunidad de los genocidas protegida por los políticos tradicionales, al impulso a una Corte independiente.

Por otro, el sistema político tradicional, en especial el PJ y la UCR o dirigentes provenientes de sus filas, vieron en el nuevo gobierno la oportunidad de la recuperación de la autoridad Presidencial y soñaron que tras ella volvería toda la casta política que había sentido el repudio popular como un terror que hasta les impedía salir a la calle. Incluso, respaldaron medidas desarrollista, de retorno del estado interventor, de promoción de los derechos humanos, a cambio de su retorno.

El transcurso de la gestión de gobierno y las medidas que se fueron tomando, desde aquel fundacional momento hasta la actualidad con Cristina Fernández como Presidenta, expresaron contradictoriamente y en forma compleja aquellas coordenadas originarias del proceso abierto como los intereses contrapuestos de los actores de la nueva etapa.

Los primeros, vieron en la complejidad de la actuación Kirchneristas, en las idas y venidas de su gobierno, los límites que el proceso tenía. Y pujaron, en algunos casos, para profundizar el camino, en otros, más recientes, para convertir esa confrontación en diferenciación ya no tanto pensada para variar la correlación de fuerzas, sino en la preparación para las elecciones que se avecinan.

Los segundos, temieron que el gobierno sobreactuara su carácter democrático popular y que las medidas que se fueran tomando derivaran en otra distribución de la producción de riqueza. Temieron el carácter imprevisible de la política K, que en algunos casos parecía destinada a reforzar las tendencias de concentración económica, pero en otros, apuntaba en un sentido nacional y popular, a lo que se sumaba que a veces lo hacía con un estilo plebeyo que atemorizaba a los que siempre habían manejado la política, la económica y la comunicación en la Argentina, mas allá de los poderes transitorios. En especial, el PJ, siendo todavía una estructura que no superó su vaciamiento ideológico, temió que esa política derivara en un peronismo sin PJ. Si ese hubiera sido el camino, previeron que se hubieran convertido en una cáscara sin poder y el surgimiento de una fuerza con lo mejor de su historia, de sus militantes, de sus dirigentes, en confluencia con otras identidades políticas y sociales especialmente con la nueva izquierda que el proceso estaba pariendo, hubiera dado como resultado el abandono de sus tradicionales lugares de poder.

El nuevo entramado social de Latinoamérica de gobiernos populares con componentes progresistas y de izquierda, produjo también un alerta en los grupos integrantes del poder permanente en la Argentina. Las actitudes a veces tímidas, otras audaces, de entrelazamiento de los intereses comunes en el bloque latinoamericano, las relaciones con Venezuela, Ecuador y Bolivia, despertaron las luces amarillas del papel que iba a jugar el gobierno nacional. Los errores de la estrategia internacional, en especial aquellos que ralentizaron la integración regional, fueron utilizados por aquellos intereses. Trataron de que se percibiera una realidad dual en la región, por un lado los gobierno serios, progresistas y sostenedores de los principios macroeconómicos del neoliberalismo, y por el otro los estertores del pasado de gobiernos de izquierda o populistas, inviables, corruptos y expresión de un nuevo autoritarismo que cuestionaba la democracia.

Lamentablemente, algunos compraron la versión de la derecha sobre la situación de las izquierdas de nuestro bloque y no vieron la profundidad del proceso abierto.

A medida que el Kirchnerismo profundizó la visión de la necesidad de que el proceso de cambio iniciado en el 2003 durara lo suficiente para que las conquistas fueran irreversibles y las políticas que necesitan tiempo pudieran consolidarse, la derecha ya tenía decidido que el camino era la restauración conservadora. La razón, lo mejor del contenido del gobierno y la actividad popular, la explicación y la forma: basarse en los errores del gobierno y, sobretodo, arrebatarle la bandera de la democracia.

Esa es la matriz de la confluencia de derecha, más allá de cómo se presente en las elecciones, si unida o separada. Un análisis sólo electoral especulará con la división, pero una mirada más profunda debe dar cuenta que la unidad de la derecha económica, social, política y cultural, está consolidándose. Le reclama a los políticos unidad para tener un instrumento electoral apto para derrotar el proceso de cambio en marcha. Sin embargo, hay un plan por etapas. La primera es ganar la mayoría en la Cámara de Diputados de la Nación, a partir de allí convocar a una unidad nacional para ponerle límites y gobernabilidad al que llamarán débil gobierno de Cristina. Desde allí ofrecerle dos caminos, o aceptan la convocatoria al diálogo y, por lo tanto, la subordinación a los dictados de la derecha, o renuncian y se abre una crisis institucional que tendrá el respaldo de todos para un Cobos sin poder real, una especie de De la Rua rehén del acuerdo opositor. Se equivocan los dirigentes oficialistas cuando intervienen en la discusión sobre el papel de Cobos desde lo personal. No está allí por buen hombre o por ser un traidor, sino como carta institucional de la derecha.

El Plan restaurador de la derecha no sólo juega su estrategia por fuera del Kirchnerismo, sino que la presión desde afuera da fuerza a los grupos de centro derecha en su interior. Si el escenario institucional derivara en una crisis después de las elecciones, estos sectores serían convocados para enfrentar la emergencia.

También la derecha prevé la existencia de una izquierda democrática, para eso se basan en una fuerte tradición en muchos segmentos de este sector político que prefieren la compañía de la prolija derecha que el desaliño y arrebato popular. Prefieren las conferencias para discutir programas con la derecha que las improntas populares y plebeyas a veces infectadas por formas intolerantes.

Pero aquí también se equivocan dirigentes Kirchneristas, que impugnando a toda la izquierda debilita el proyecto no sólo desde el punto de vista de sus aliados, sino del apoyo popular donde hace tiempo dejó de ser un cuco abrevar en esta tradición libertaria. Desde allí pregonan la idea de una ciudadela sitiada donde sólo hay lugar para los fieles, proponen un fundamentalismo donde nadie puede debatir el rumbo de la conducción, que sólo deriva en sectarismo y anulación de la potencialidad de cambio que tiene el proyecto nacional.

Esta en marcha una dura confrontación sobre el rumbo del país, ésta se expresa electoralmente y, sobretodo, actúa culturalmente. Imaginan que si se derrota el proceso cultural sobrevendrá la derrota política, y de allí a la derrota electoral sólo hay un paso. Hay quienes desde el gobierno pregonan que es tan fuerte el enemigo que hay que girar a la derecha, conservar votos a cualquier precio, sin darse cuenta que ese es el camino de la derrota. Néstor Kirchner y Cristina Fernández se hicieron fuertes y queridos por nuestro pueblo por enfrentar a las corporaciones políticas. Rico y otros similares, nada tienen que ver con el proyecto, pero se equivocan quienes creen que es una avivada para mantener votos en San Miguel sin evaluar el divorcio que pregonan con la base sustancial de este proceso. Tampoco es posible creer que sin el peronismo se puede construir una correlación de fuerzas aptas para profundizar el proceso. Es tan difícil que se hace intolerable el discurso que sostiene los valores y principios pero no puede zanjar, con los que plantean lo mismo, un camino de convergencia. Es bueno que aparezcan nuevos dirigentes, es bueno que los dirigentes luchen por expresar cada uno el consenso social, pero es inaguantable que cada uno crea que eso se define en el lugar que tiene. Necesitamos una izquierda democrática con base real en los valores y principios libertarios, de justicia social, de una sociedad sin explotadores, que ponga por delante la suerte del pueblo, antes que su suerte.

Empieza a cansar aquella frase de que la política vuelva a enamorar cuando en realidad se nos pide que nos enamoremos de quién lo dice.

Alejandro Mosquera.

 

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Comentarios

 

Desde el pie dijo el 12/03/2009:

Totalmente de acuerdo con la nota.Ahora bién,la reacción de la gente hoy por hoy es distinta a la de Marzo se 2008.Las últimas medidas tuvieron buena acogida por part de la gente,y con las medidas que vienen(inversión en la FMA en Córdoba por ej.)se dificultará el proyecto de la derecha.Por otro lado creo que los de Libres del sur estuvieron flojitos al abandonar el FPV. SALUDOS

 

Matias dijo el 27/01/2009:

Hoy lo políticamente correcto es ser de centro izquierda, entonces los periodistas, actores, comentadores y postglosadores como el autor de esta nota se ubican en esa franja y desde allí critican a todos sin distinción, lo cual al final favorece a los que quieren denostar (la derecha). Decir que Pratgay es neoliberal, es una burrada, pues mal o bien, el tipo es keynesiano. Así se autotitula y en esa dirección van sus medidas. Pero como dije, al autor de la nota evidentemente solo le interesa meter a todos en una misma bolsa y criticar, porque eso es lo politicamente correcto hoy, para parecer independientes y perspicaces. Pero son aburridos, funcionales e ignorantes.

 

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