
RASTROS DE LA ACTUALIDAD
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Rastros de la actualidad
UNASUR: CUANTO HAS CAMBIADO AMERCIA DEL SUR
ALMACEN DE RASTROS

La reunión de Chile de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) ha tenido una trascendencia invalorable todavía difícil de dimensionar cuando aún la tarea urgente de defender la democracia en Bolivia, frenar las matanzas de los grupos de derecha y defender la integridad territorial de nuestro país amigo, está por cumplirse.
Para comprender nuestro punto de vista es necesario tomar en cuenta el proceso que vive la región. Y aunque pueda ser arbitrario el corte temporal, nos proponemos comprender dónde estábamos hace una década, recordando para pensar el presente y proyectar el futuro:
En septiembre de 1998 América del Sur estaba duramente golpeada por la aplicación de las políticas del Consenso de Washington. Regían los gobiernos corruptos, portadores del decálogo dogmático del neoliberalismo. La pobreza, la indigencia, el desempleo y la represión eran parte esencial del mapa popular. Se produjeron el desguace del Estado, las privatizaciones, la desindustrialización, la apertura salvaje de las economías, las deudas externas e internas súper millonarias y una exhibición obscena del credo liberal desde el poder, pero también, la resistencia desde el pueblo.
En Argentina gobernaba Carlos Menem, se preparaba para intentar la re reelección. El país era conmovido por el avance de dos investigaciones: la venta ilegal de armas a Perú y Croacia, y las coimas en el caso IBM-Banco Nación. Eran días en los que el Presidente, ante el delito domiciliario y callejero creciente, proponía la mano dura como remedio a lo que sus políticas habían creado en el país: impunidad y catástrofe social.
En Uruguay gobernaba Julio María Sanguinetti (su mandato comprendía el período 1995 al 2000). Quien se había propuesto como el garante del no juzgamiento de los delitos de lesa humanidad, que durante décadas cometieron los gestores militares y civiles de la dictadura cívico militar sufrida por el país hermano. El Partido Colorado en el gobierno era la expresión de la derecha tradicional uruguaya combinada con el sostenimiento de las políticas neoliberales.
Chile estaba gobernado por Eduardo Frei de la Democracia Cristiana, hombre de la cohabitación con la derecha Pinochetista. Para dar idea de su significado es bueno recordar que en esos mismos días, hace una década, fue reprimida ferozmente la manifestación que reivindicaba el gobierno democrático de Salvador Allende y repudiaba el 25 aniversario del golpe militar de Pinochet. Lo resultado fue 2 muertos, 77 heridos y 376 detenidos.
Venezuela estaba gobernada por Rafael Caldera, quien había ganado las elecciones con su Partido Convergencia en 1994 y empujado, con su apoyo, al Caracazo. Sin embargo, el carácter populista se fue perdiendo a poco de andar y aplicó el programa Agenda Venezuela que básicamente planteaba las políticas neoliberales recomendadas por el FMI. Luego, en 1998, Hugo Chávez ganaba las elecciones presidenciales con su partido Movimiento V República.
En Ecuador, la normalidad institucional se vio resquebrajada en 1997 cuando el Congreso, en medio de manifestaciones populares en contra del Ejecutivo, destituyó por "incapacidad mental" al presidente populista Abdala Bucaram, quien había tomado posesión de su cargo en agosto de 1996. En su reemplazo, el Congreso designó como Presidente Interino a Fabián Alarcón, hasta ese momento Presidente del Congreso Nacional (pese a que constitucionalmente le correspondía asumir a la vicepresidente Rosalía Arteaga, quien solo lo hizo simbólicamente por unas horas).
Tras una Asamblea Nacional Constituyente en 1998, la cual tuvo el mandato de revisar y modificar la Constitución de 1979, se realizaron elecciones generales en las que fue elegido presidente Jamil Mahuad Witt, del Partido Democracia Popular (hoy Unión Demócrata Cristiana). Mahuad fue depuesto en enero del 2000, en medio de una grave crisis económica ocasionada por la quiebra masiva del sistema financiero ecuatoriano, la caída de los precios internacionales del petróleo y la vinculación del gobierno de Mahuad con la banca corrupta cuya cabeza más visible fue Fernando Aspiazu, quien el 26 de agosto del 2002 fue condenado a ocho años de prisión por el delito de peculado.
En Paraguay gobernaba Raúl Cubas, hombre del general golpista Lino Oviedo. El vicepresidente era el antioviedistas Luis Maria Argaña, asesinado por un comando paramilitar el 23 de marzo de 1999. La lucha interna, los asesinatos, las rebeliones o amenazas militares eran expresión de la crisis del partido colorado, que había sido dirigido por el Dictador Alfredo Stroessner como un régimen de partido único durante 34 años.
En Brasil, las elecciones presidenciales directas de 1989 dan la victoria a Fernando Collor de Mello, el primer presidente democráticamente elegido después de 29 años. En su segundo año de gobierno una serie de denuncias de corrupción lleva al Congreso a instaurar un período de desconfianza contra Collor. El presidente decide renunciar justo antes de ser juzgado por el Congreso y su vicepresidente, Itamar Franco, se hace cargo de la presidencia.
Durante el gobierno de Itamar Franco, el ministro de economía Fernando Henrique Cardoso introduce el Plan Real, un plan económico inédito que logró controlar la altísima inflación que perturbaba al país desde hacía décadas. Con el éxito del Plan Real, Fernando Henrique Cardoso se presenta a las elecciones presidenciales de 1994 como candidato del gobierno y logra derrotar al candidato de la oposición, Luiz Inácio Lula da Silva. Fernando Henrique repetirá el hecho en 1998, cuando se le reelige presidente por cuatro años más. En este período 1994-1998 (conocido como la era FHC), el país avanza en las privatizaciones, en el control de la inflación y del gasto público, pero no logra mejorar la distribución del ingreso ni obtener tasas significativas de crecimiento económico. Por eso –y por los acuerdos firmados con el FMI- los críticos suelen adjetivar su gobierno como neoliberal.
En Perú, Alberto Fujimori asumió el poder en 1990 y desató la crisis constitucional cuando disolvió el Congreso de la República el 5 de abril de 1992 y convocó a una Asamblea Constituyente para instaurar una nueva constitución política. Simultáneamente, se inició una drástica política de shock económico. Su gobierno aplicó el terrorismo de estado y se produjo paralelamente un proceso de corrupción pública en la que jugó un importante papel el entonces Jefe del Servicio de Inteligencia Nacional, Vladimiro Montesinos.
Fujimori logra ser reelegido en 1995 e inicia varias e importantes modificaciones macroeconómicas y sociales de corte neoliberal, aunque no consigue solucionar la larga recesión económica que afectaba al país. Fujimori fue reelegido en las controversiales elecciones del 2000 y ese mismo año renunció a la Presidencia desde Japón, durante una gira oficial tras el escándalo donde se hicieron públicos unos videos que demostraron la red de corrupción encabezada por Montesinos y que él patrocinaba.
En Bolivia gobernaba el General Hugo Banzer. Entre otros actos criminales y golpistas, Banzer había perpetrado un primer intento fallido de golpe de Estado que encabezó contra el régimen popular del presidente de facto General Juan José Torres y que lo llevó a estar detenido por un breve lapso de tiempo. Cuando asumió el cargo de presidente de facto en 1971, instauró una férrea dictadura, inicialmente en alianza con dos partidos históricamente enfrentados (MNR y FSB) y junto a un gran sector del Alto Mando militar. Luego de un breve tiempo, ilegalizó a los partidos políticos, incluidos sus aliados y recibió el apoyo directo de Estados Unidos por su declarado anticomunismo.
Fue dictador por siete años, dejando incontables denuncias de violaciones a los Derechos Humanos y una de las deudas externas más grandes que tuvo Bolivia. Su gobierno participó en el Plan Cóndor: operativo de represión anti-izquierdista instrumentado por los gobiernos militares de Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay, Chile y Bolivia, en los años ‘70. Durante este período Bolivia suministró, principalmente a Chile y Argentina (y viceversa), información sobre el movimiento de los que entonces se llamaban 'subversivos' que se encontraban dentro del territorio de estos países.
Durante su gobierno se inició el boom del narcotráfico en Bolivia y que seguiría durante toda la década de los '80. El Congreso Nacional de Bolivia intentó enjuiciar a Banzer por crímenes durante su dictadura, pero el juicio de responsabilidades no llegó a producirse. Uno de los principales impulsores del juicio, Marcelo Quiroga Santa Cruz, murió asesinado durante el golpe de estado de Luis García Meza en 1980, quien luego sí fuera juzgado y condenado a prisión. Éste, ya en prisión, declaró que quienes asesinaron a Quiroga Santa Cruz eran paramilitares que recibieron órdenes de Banzer.
Tras el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada (1993-1997), Banzer volvió a ganar las elecciones y obtuvo la Presidencia por la vía Constitucional en 1997. En su segundo período como presidente, Hugo Banzer trató de diferenciarse de su antecesor y no dio continuidad a algunas de sus políticas, y otras, fueron profundizadas, como la privatización de las refinerías que habían quedado en manos del estado aún luego de la ola privatizadora del gobierno anterior. Su principal medida de gobierno fue la erradicación de las plantaciones de hoja de coca excedentarias con apoyo del Gobierno de EE.UU., lo que ocasionó grandes movilizaciones, bloqueos de rutas y marchas que dejaron como saldo varios muertos en la zona del Chapare, donde el entonces diputado Evo Morales lideraba los sindicatos de productores de hoja de coca.
Su último gobierno estuvo marcado por denuncias de corrupción cometida por sus más estrechos colaboradores y su familia, como el famoso caso Beechcraft, un avión adquirido con sobreprecio y con dinero donado para las víctimas del terremoto que sacudió a los pueblos de Totora, Aiquile y Mizque en 1998. El 8 de abril de 2000, decretó el estado de sitio con el objeto de detener la oleada de protestas sociales contra la privatización de los servicios de agua potable y alcantarillado de la ciudad de Cochabamba en la llamada Guerra del Agua, que luego se vio reforzada por protestas en el altiplano lideradas por el dirigente indígena Felipe Quispe.
UNA DECADA DE RESISTENCIA Y TRANSFORMACIONES
El solo repaso somero que estamos haciendo de algunos de los países que integran nuestra región muestran los cambios profundos que se viven.
Ya no están en el gobierno ni Menem, ni Frei, ni Fujimori, ni Fernando Enrique Cardoso, ni Sanguinetti, ni Banzer, ni Cubas, ni Caldera, ni Jamil Mahuad Witt. Tras estas modificaciones en las primeras magistraturas hay procesos riquísimos de resistencia y movilización popular, de fracasos, engaños, traiciones electorales. La etapa lograda es, verdaderamente, de una magnitud impensada cuando tratábamos de convertir la resistencia en ofensiva de los movimientos populares en los ‘90.
La sola convocatoria, discusión y acción de Unasur en Chile marca también los cambios, sin lugar a dudas, plagados de contradicciones y errores de los gobiernos populares, como de los propios movimientos que le dan su base de sustentación. Pero ello no impide observar los ejes estratégicos de la modificación, tanto de los gobiernos en cada país, como de una articulación distinta entre ellos, sin la tutela y dirección del imperio americano. Mas aún cuando el fin de las experiencias “socialistas” quitaron la posibilidad, dado el equilibrio inestable mundial, de abrir procesos populares revolucionarios utilizando la contradicción flagrante. Y sin olvidar que las terceras vías entre capitalismo y socialismo planteadas por la socialdemocracia durante los 90, no era mas que la deserción de los programas de cambio por asumir el credo dominante del discurso único neoliberal.
Es claro que vivimos una época complicada. Los gobiernos de América del Sur son jaqueados por las derechas y el poder permanente en cada país. Y es ingenuo o mal intencionado no ver una política de EEUU destinada a dividir cada sociedad y deslegitimar esos gobiernos, que trata de recuperar para la derecha la bandera democrática retomada después de un largo aprendizaje del movimiento popular. La crisis de Bolivia no es simple y no se solucionará sólo con una mesa de diálogo auspiciada por Unasur. Dependerá de la correlación de fuerzas, de la inteligencia en el accionar de Evo, de los movimientos que le dan sustento a su gobierno y de cómo evolucione la situación política venezolana. Pero también, de cómo se profundice la convergencia regional: si en Argentina el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner retoma la iniciativa logrando recrear una mayoría que apoye el proceso democrático popular iniciado en el 2003; si Chile y Uruguay consolidaran su relación con la región o prefieren los acuerdos uno a uno con EEUU; y, sobre todo, de cuál va a ser el papel de Brasil, donde Lula aparece fuertemente consolidado pero discutiendo si ata su suerte a la conformación de un bloque de poder en la región o, si en base a su poderío económico, encuentra caminos unilaterales de relacionarse con el mundo.
Mucho dependerá de no permitir la expansión del conflicto armado de Colombia hacia otros países, que pareciera ser la política norteamericana para poder intervenir más abiertamente. Y eso necesitará paciencia e inteligencia de los gobiernos, como también necesitaría que las FARC de una vez entiendan que no es tiempo de luchas armadas, y que es enormemente dañino promover políticas de izquierda violando derechos humanos a través de los secuestros.
Estamos frente a una oportunidad construida con mucho sacrificio, sin los paradigmas de ayer y constituyendo en la práctica las nuevas doctrinas del cambio. Lo que ocurra en un país impactará en los otros. Resolver bien la línea de avance regional, preservando las nuevas democracias, el sentido de cambio participativo, contrarrestando la reacción de las derechas y acumulando fuerzas para nuevos momentos de profundización, parecen ser los verbos centrales de esta etapa.
Es decir, ser concientes de la correlación de fuerzas actuales, pero que ello no signifique el abandono de los programas populares y el consentimiento del discurso de la derecha. Porque esa es una senda demasiado conocida en nuestra región. Y que lamentablemente siempre ha terminado catastróficamente para nuestros pueblos.
Mirar la historia profunda de nuestros países y sus capítulos recientes, nos permite construir los puentes hacia el futuro. Interpelar el pasado desde nuestro presente para poder construir, con nuestra brújula, sin manuales dogmáticos, la posibilidad de un futuro mejor.
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