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En el Escaparate
El hombre árbol
Patricia Malanca

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Las casas antiguas tipo chorizo tienen la ventaja que si están ubicadas en un primer piso, balconean sobre los pasillos de la entrada principal y en aquellos años infantiles esa privilegiada ubicación de mi casa de la infancia, me permitía el extraño placer del espectáculo gratuito de poder sentarme cada tarde a la salida de la escuela desde ese balcón improvisado a divisar las entradas y salidas de vecinos, parientes, amigos, habitantes, visitantes, ajenos, conocidos y extraños de todo aquel viejo edificio de 4 departamentos. 

Era la época en que yo estaba empezando a estudiar la guitarra o mi guitarra me estudiaba a mí, y los primeros rasgueos se animaban con canciones de Sui Géneris. Mientras unos dedos frágiles chanfleaban el LA mayor, el RE mayor y el dominante de LA para animarse con el Fabricante de Mentiras, solía sentarme en mi fabuloso balcón improvisado a observar  los entretelones afectivos de mis vecinos misioneros del departamento A de la planta baja, o a espiar a los inquilinos nuevos de las piezas que se alquilaban en el departamento B del fondo abajo, que con sus continuas mudanzas sumaban música, bailes, diversidad, fiestas y alegría a toda nuestra vecindad desvencijada.

Fue desde aquel selecto palco infantil que una mañana de sábado un alarido feroz detuvo el rasgueo del MI menor de mi guitarra y con todo el asombro de niña en los ojos, pude ver a un señor del tamaño y color de un árbol arrastrar por el pasillo de entrada a uno de los vecinos del inquilinato de abajo. Yo hacía fuerzas para intentar descifrar la escena, el mismo esfuerzo que hice por comprender  las palabras susurrantes de mis padres a continuación: “lo chuparon”.

Las casas antiguas tienen memorias de vidas pasadas y tienen la magia de tener tantas habitaciones como puertas. Otra mañana de esos días, en medio de mis sueños estalló  mi despertar junto al grito de mamá abriendo una de las puertas de mi cuarto.
-“quédense quietitas en la cama, no se asusten, ni se muevan”-. Haciendo caso a mamá, inmóvil en la cama, junto a la de mi hermana, oía como se acrecentaba el sonido de pasos pesados y secos que avanzaban por el patio de mi casa chorizo, y que al llegar junto a la puerta golpearon firmes sobre el piso envejecido de pinotea de mi cuarto. Mis ojos temerosos asomaron por sobre las sábanas con dibujitos de la familia Telerín dobladas encima de la frazada Pallete y llegaron a observar otra vez la silueta monstruosa del “hombre árbol” quien silencioso revisaba toda la habitación, abriendo puertas, mirando por debajo de mi cama y auscultando las vestimentas que colgaban del placard que papá había pintado con esmero de amarillo patito, como a mí me gustaba.

Papá y mamá, no volvieron a hablar por tiempo largo de lo sucedido. No pudieron. Yo tampoco.

Años mas tarde cuando ya había sacado perfectamente en la guitarra Confesiones de Invierno, Seminare y varias populares mas de Sui o Serú Girán, me empecé a animar con canciones de tónicas mas complicadas que implicaban usar el dedo como transporte para hacer sonar un FA Mayor para entonar mi preferida “Canción de Alicia en el País” de Serú Girán. Por esa época seru-giranesca descubrimos con mi hermana sobre la brea de la terraza de nuestra casa chorizo, las huellas de aquellas botas que nos despertaron una mañana de invierno de 1977. Mientras jugábamos a probar nuestro pie en el tamaño de la huella del “hombre árbol”, papá preparaba la membrana nueva para cubrir el techo de toda nuestra terraza. Esa tarde de 1983 mientras papá hacía la mezcla y yo rasgueaba el FA MAYOR, esa tarde papá por fin, nos contó todo.  

Ya no rasgueo en ninguna guitarra, ni siquiera un FA, pero cada vez que escucho la “canción de Alicia en el país”, me invaden esos extraños sentimientos de quienes trascurrimos la infancia en medio de la Dictadura, sentimientos donde se conjugan el recuerdo dulce del despertar a la adolescencia y el descubrimiento de lo atroz en medio de la belleza.

 

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