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CAFE DEL ALMACEN
Aquí la polémica. El debate estratégico para el pensamiento critico. Sin dogmas. Abiertos a una etapa de creación en libertad.
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EN EL ESCAPARATE
Tus cuentos, historias, tus fotos, tus vídeos, canciones e inventos. Todos inéditos de aquellos que por debajo del rito comercial crean, por necesidad de su pasión e imaginación.
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Hay huellas que la vida nos deja en el cuerpo, son los amores y desamores. Algunos las esconden de las miradas ajenas, otros las llevan como estandartes, hablaremos de ellas para desterrar este tiempo de tantos amores en soledad.
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Notas recomendadas, otras imágenes y textos...
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Para mirar detrás de la mascara.Sin que el sentido común nos imponga su conservadora ceguera.
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Aquello no evidente. Esa explicación que la foto induce pero no dice. O que nuestros ojos crean, sin la racionalidad de lo expreso.
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En el Escaparate
Hacer malabares
Mariano Mosquera
A Lovercraft y Poe, mis autores de insomnio.
Cuando ya le agarras la mano no es muy difícil hacerlo. Todo consiste en tirar un pelotita al aire, y luego otra antes de que esta última aterrice, y así y así. Por eso, lo que importa es practicar mucho hasta que se te meta en el bocho. Hacerlo y hacerlo hasta que ya sea algo perfectamente natural. Memoria del cuerpo le dicen los bailarines. Como la electricidad.
Yo aprendí a hacerlo como a los trece. Con pelotitas de golf. Esas que tienen huequitos y todo. Mi papá en ese entonces había dejado atrás su avidez en el juego y me las había regalado para que jugara con ellas. Instruirme en el malabarismo fue la ceremonia de mi espíritu. Había algo en esa habilidad que me llamaba de forma terrible. Me atraía. Tal vez el hecho de la incertidumbre como una certeza, no se.
Lo primero que hice fue asimilar el movimiento de los malabares. Movía las manos en el aire. Imaginándolo todo. Y ahí si que no se me caían nunca. Por suerte, Je Je, porque sino habría tenido graves problemas la verdad. Bueno, luego de tener bien adentro el constante vaivén de las manos pase a manejar las pelotitas. Con dos en una mano. Con dos en otra mano. Con tres.
Pero, como siempre pasa, hubo obstáculos en el camino. En mi caso, después de varios meses de un idilio que parecía interminable, colgué una de las pelotas en lo del vecino. Y nunca me animé a irla a buscar. Les pedí a mi papá y a mi mamá repetidas veces el rescate de la misma, pero nunca logré el más mínimo movimiento de ellos. Su excusa (como siempre) era que encargarme del recobre me enseñaría a responsabilizarme de mis actos, aunque fueran involuntarios e inocentes. Tratando de ser indiferente, por un par de días use una naranja como reemplazo de la pelota. Ya antes había pasado por otros vegetales y frutas: mandarinas, cebollas (que me hacían llorar una barbaridad) y tomates (que se estrellaban cual sangriento final contra el piso). Y no mencionemos las bananas. Me volví loco buscando. Hasta que por fin lo encontré. La naranja, aunque consistentemente más pesada y más grande que las pelotitas, tenía una forma perfecta.
Así, fue como volví al juego (aunque nunca fue algo parecido a uno). Pero no por mucho tiempo. Por lo obvio. No mantenía más que por un par de movimientos las bolas en el aire. Y de esa forma, descarté para siempre el uso de la naranja. Que era tan naranja y linda.
Durante un tiempo renuncié al deseo a volver a la configuración original. Todo lo bueno es fugaz, me decía, convenciéndome. Nunca me lo creí. Bien adentro mío sabía que los momentos perfectos (de aproximación al nirvana) se prolongaban por siempre, abarcando nuestra alma, y que solo era una cosa de los humanos el de percibirlos en el tiempo como fatuos. Una cosa terrible el tiempo. Que encasilla todo. Principalmente nuestras cavilaciones. Lo importante es que a través de los espejos me veía a mi mismo, haciéndolo eternamente, multiplicado. El acto en si se había convertido en un mito, y empecé a recordar esas buenas épocas con nostalgia. Casi llorando.
Ahora, que ya pasaron algunos meses desde lo que voy a contar, ya veo la vida con los mismos ojos que antes. Por semanas estuve en un estado de sensibilidad increíble. Rayando locura. Las fiebres me atormentaron durante largas horas, y las alucinaciones me ocuparon. En mi retina esta grabado esa imagen. Esa. Mis sueños la reprodujeron con una exactitud de horrores. Como una foto que me persigue en las noches. De palmo a palmo. De lado a lado. Idéntica.
Escribo, porque la fiebre cedió al fin. Para olvidar. Y porque es de día. La tregua. La resignación del que no abandona o no es abandonado no me deja de ser ajena en estos momentos. Lo mismo que le sucede al narrador. Las circunstancias de lo plasmado reverberan en mí como si todavía estuviera fresquito, al lado.
Supongamos que cierto día de invierno yo tomé coraje, y, dejando atrás todo miedo irracional por lo desconocido familiar, fui a la casa del vecino y llamé a su puerta. Una puerta frondosa que entraba en perfecta cohesión con el resto de la casa. El edificio, que rondaba ya los setenta años, se estaba viniendo abajo. Las arañas, tan hartas de lo fácil que les tocaba vivir allí, se habían mudado hace tiempo. Lo único que quedaba, al parecer, era un polvo totalmente indiferente que se venia acumulando por lustros. A cada paso que uno daba levantaba tal quilombo de cosas muertas y nunca vivas que hacía recordar (aunque nunca tuve la oportunidad de verlas más que en la televisión) a una tormenta en el desierto.
Esa casa tenía renombre entre mis amigos de abandonada y embrujada, todo el combo junto. Pero igual eso era cosa de chicos. Un par de veces había escuchado a mi viejo charlar con el señor que vivía allí. Un tal Morales según le pude sacar. Se había mudado ahí hace unas décadas, dejando atrás el ajetreado movimiento de la capital. “Vicente López siempre fue un lugar bueno para vivir” agregaba papá cada vez que contaba la historia sobre el ermitaño. Como venía diciendo, este Morales se había escapado para venir a parar a los alrededores. No había nada que expresara una rareza de su parte más que la falta de movimiento adentro de la casa. Pensábamos que vivía en un eterno apagón mental y eléctrico. Incluso en los días donde la noche se amotinaba de la forma más terrible y penumbrosa, él no prendía ni una condenaba luz. “Dejen tranquilo al pobre hombre” decía mamá siempre que papá y yo empezábamos a considerar tesis escabrosas y morbosas, como que él fuera un hombre lobo o algo así, “seguro que es una de esas personas que se acuesta temprano. Listo. Tema cerrado.” Y luego reía.
Bueno, como dije, yo estaba acercándome a la entrada de la casona. Ya era medio tarde y como oscurecía rápido no se veía mucho. Semejante oportunidad me elegí ¿no? Ya no me podía echar atrás. Había dado el paso más grande. Tener la iniciativa. Ahora solo faltaba todo lo del medio. Toqué la puerta un par de veces y esperé respuesta. Nada. Contento por tener excusa para rajarme de esos páramos me di vuelta y emprendí la huída. Justo en ese momento, se oyó un ruido detrás mió y quedé petrificado. Movimiento, por fin.
Un hombre bastante viejo abrió la puerta, luego de luchar durante un rato con la cerradura, y me miró con ojos curiosos. Abrí la boca.
- Perdón, ¿señor Morales?- mis labios temblaban, lo admito.
- Con él habla, ¿Y usted joven? ¿Quién es y qué quiere?- hablaba serio, pero lo sentí sonreír para sus adentros.
Morales era un tipo normal en Buenos Aires, tranquilamente pudo ser cualquier otro, o nadie. Vestía unos anteojos finos y frágiles, que apoyaba de forma gentil en su nariz respingada. En ese entonces tendría unos sesenta años. Tenía un ojo cerrado cuando abrió la puerta, y luego, me daría cuenta que lo tenía así siempre. Unas finas puntadas decoraban la ceja de ese ojo, exaltándolo. Sus manos, firmes pero no tan masculinas, eran surcadas por unas venas, que en la superficie se hacían notar, cual señal de vida. Caminaba lento. Pero no porque no pudiera hacerlo de otro modo. Sino por estar en perfecto enlace con el resto de su porte. Era una persona triste sin duda, y sola. Como más tarde sabría.
Me quedé callado unos segundos, pasmado ante tan directa habla.
- Ehh. Yo soy Juan, el hijo del vecino.
Afirmó con la cabeza y dijo:
- Esta bien. Ahora estamos ambos presentados. ¿En que puedo ayudarte Juan?
Sonreí.
- Hace un par de días- mentí, porque no solo no habían pasado un “par” de días sino que habían pasado varias semanas, hasta meses- colgué una pelotita de golf en el terreno de su casa, y me preguntaba si usted la había encontrado o algo por el estilo.
Apretó los ojos como quien quiere ver algo a lo lejos, recordando. Se agarró unos segundos la cabeza con su mano izquierda, y la mantuvo ahí.
- A ver, fijémonos, entrá por favor.
Y entré. Adentro, la casa era prácticamente igual que afuera. Descuidada, a la merced del tiempo. Papeles por todos lados. Libros abiertos en la mesa, subrayados, “sobresubrayados”, increíblemente trabajados. Diarios viejos acumulándose al pie de una escalera desvencijada. Polillas circundando la zona, en el festín de sus vidas. Un olor, que aunque no llegaba a ser a putrefacción, era de forma irreconocible olor a viejo. Los gatos por todos lados. Bien alimentados a sobras del inquilino principal. Y así podría seguir un rato.
- ¿Querés tomar algo mientras? Buscar la pelota en todo este despelote va a estar difícil.
Él ya se había ido a la cocina y ahora se estaba preparando un té. Yo estaba esperando en el living, quietito.
- Bueno, un poco de agua no estaría mal.
Tomó el mensaje y agarró un vaso. Puso unas tostadas a calentar. Mientras él agarraba el azúcar, la manteca, y la mermelada yo me fui a inspeccionar un poco la habitación en la que estaba. El miedo inicial se había desplazado y ahora me ocupaba una curiosidad insaciable. En la esquina más alejada había un escritorio viejo. Una pequeña lámpara lo iluminaba. La única luz de la casa, pensé. Me acerqué. Libros amontonados ocupaban el mueble casi en su totalidad, excepto por un lugarcito mínimo en la que estaba una maquina de escribir. Había una hoja a medio terminar. La agarré tirando de ella para destrabarla y leí unas líneas:
“Se levantó de su sueño de los mil años cansadísimo. Y enseguida supo porqué. Lo había hecho. No hay vuelta atrás, pensó. Ahora tendría que pagar”.
Puse la hoja otra vez en el mecanismo de la maquina y seguí revisando. Empecé a revolver todo, pero con extremo cuidado. En el primer cajón encontré, además de papeles de cuentas de meses anteriores y un reloj de pulsera completamente roto, una foto. Una foto vieja. En blanco y negro. Con los lados amarillentos y frágiles. En ella había una pareja de veintipico en las viejas tazas del Luna Park. Riendo. Divirtiéndose. La chica tenía el pelo largo, negro, como la noche. Su risa la alejaba y la acercaba al mismo tiempo. Con los ojos entrecerrados, parecía querer escapar de todo, irse. Y definitivamente se iba. Pero no era una persona olvidable. Si el mundo fuese un mundo de imágenes, esta foto, sería sin duda su alma. Ser es ser retratado. Él, en cambio, era más de acá. Morales. Aunque él no parecía uno de esos seres divinos (como parecía la chica), se veía que amaba a su acompañante. Reía con ella. Y así, con una risa o una mirada, se tendían una soga, un puente. Se conectaban. Y se querían. Di vuelta la foto y leí lo que estaba escrito:
Gloria y yo. Marzo 1972
Al momento que yo dejaba la foto en su lugar, escucho una tos detrás mío, como quien se quiere dar a conocimiento, y me doy vuelta. Morales estaba ahí, parado, con una taza y un vaso en sus manos.
- Te agradecería que no revisaras mis cosas, joven Juan- dijo, sin parecer nada enojado o turbado.
- Perdone. Papá siempre me dice que no puedo evitar mi naturaleza curiosa.
Sonrió, y el ambiente se distendió. Parecíamos casi amigos, como efectivamente sucedió algún tiempo después. Meses más tarde, me contaría, que la chica de la foto, Gloria, fue alguna vez su novia. Pero como siempre pasa con las uniones hechas en el cielo, todo fue fugaz. Un accidente de auto en las rutas del sur se la llevo a ella y a su ojo, con lo que quedaba explicada su pequeña deformación facial. También me dijo, que luego de la operación que había sufrido solo semanas atrás (la séptima por el ojo, según sus cuentas), el parpado derecho se la había inmovilizado por completo y ahora no podía ni abrirlo. Sabía que tendría que ir al médico, pero, ya pasado tantos años de sufrimiento se había resignado y desinteresado por su bienestar corporal. Ahora, solo se dedicaba a vivir a través de sus escritos y sus lecturas. Era un escritor con cierto éxito editorial, que había tenido su auge en los años 80 con la publicación de su segunda novela: “Tiempo de perros”. En su obra se podían ver en clave una influencia Borgeana y algunos rasgos de Cortazar y Benedetti, con su estilo “urbano”. Más que nada escribía historias fantásticas y de aventuras, con tintes psicológicos. Esos libros nada densos, pero profundos. La página que pude leer ese día era parte de su nuevo libro de cuentos, que saldría publicado a final de año.
Los sucesos de ese día no pasaron a mayores. Me quede el resto de la tarde hablando con él, discutiendo y contándonos cosas. La pelotita no la pudimos localizar, pero eso ya no importaba. Días después me di cuenta, que el tema de los malabares ya no me interesaba tanto y que ahora podía disfrutar con otras cosas.
Las visitas al sr. Luís (como lo llamaba en ese entonces. El “Morales” lo deje de lado luego de conocernos mejor) se hicieron más y más frecuentes, llegando a ser diarias. Todos los días, luego de volver de clases, me pasaba un rato en su casa, hablando y merendando. Mientras que a mí, su compañía era más que nada entretenida, a él, yo le era completamente necesario. La “cuota de relación social” no se cumplía con las reducidas charlas con los vecinos, o con las unilaterales conversaciones con sus gatos o consigo mismo. Yo, era el blanco de descargue de todo el tiempo que pasaba solo. Cuando iba a visitarlo, él hablaba hasta por los codos, sin siquiera parecer tomar aire.
Poco a poco llegué a ver al sr. Luís como era en realidad. Una persona sencilla, aunque profunda y bien instruida. Con una pasión exasperante por la literatura inglesa y argentina. Marxista de nacimiento, él en ese entonces se hallaba en el intenso estudio de los textos de “El capital”. Critico ante todo, leía laborioso, “sobresubrayando” el libro (como ya lo dije) hasta casi dejarlo como ceniza. Su vida no pasaba a más que eso. Escribir, leer y pensar.
Un tal día de primavera (imaginémoslo como un 27 de septiembre) yo me encontraba en su casa, cuando en el medio de una conversación, él menciona que estaba releyendo (uno siempre dice releyendo cuando se trata de clásicos) Moby Dick y que ahora le gustaba incluso más. Yo, con mi ignorancia joven, le pregunto, en un arrebato sinvergüenza, de que trataba el libro. Luís, conmocionado ante tal pregunta-confesión, me dice, medio tosiendo medio hablando:
- ¿Querés decir que...cof...cof...nunca leíste Moby Dick?
Ante mi negativa obvia, se levanta de su silla que momentos antes había sido sitio de comodidad, y empieza a caminar intranquilo por la habitación. Sudaba y se agarraba la cabeza, murmurando para sus adentros. Algo en él se había roto, o amenazaba con hacerlo. Estaba nervioso. Pero no por su propia persona, sino por alguien más. Alguien condenado a las oscuridades del olvido del Gnosis, y ahí, desencontrado por siempre. Luego de vagar un rato, me mira a los ojos, de soslayo, tratando de pasar desapercibido. Era la sensación de desconocer a quien creía conocer, de incomodidad con la situación. Ahí nomás me despacho de su casa y me dijo que ya hablaríamos después. Vencido apenas sabiendo en que, me retiré cabizbajo.
Esa misma noche se comunicó conmigo por teléfono. Se le escuchaba ansioso, contento, pero un poco insultado también. Me dijo:
- Haceme el favor de pasarte mañana un ratito por acá que te tengo que entregar algo. Cuando termines el colegio venite, ¿ok?
Intrigadísimo, lo asedié con las preguntas más esperadas. Él se limitó a responder con un “ya lo vas a ver”.
El día pasó sin mayores complicaciones. Un día totalmente normal. De esos que pasan de forma fácil a los confines de la memoria. Fui al colegio, estuve ahí un par de horas, casi durmiendo, esperando sin demasiado interés lo que venía. La verdad, nada me emocionaba en los últimos tiempos. Había entrado en una especie de letargo que otros se empecinaban en llamarlo adolescencia. Me quedaba ahí, pensando en nada, manteniéndome intacto pero no interesante, esperando, que el futuro llegara. Y así es como se pasa la vida. Esperando. Sin saber que lo que estas aguardando estuvo siempre frente a tus ojos, reclamándote, paciente. Esa suerte de ignorancia pronto se convirtió en una pesada indiferencia, que se llevó con rapidez todo el gusto de la vida. Podría estar, ahí, haciendo lo que sea que me gustara sin saber que lo estaba disfrutando. Lo curioso, que alguna vez llego a identificarme, ahora solo era reproducido por pura costumbre. La fantasía no puede llegar a ser real, sino deja de ser deseada. Debe ser inalcanzable, como las mejores ambiciones.
De una forma u otra el día pasó. Y otra vez me encontraba en mi casa. Recordé que la noche anterior había arreglado algo con Morales, entonces me dirigí a su puerta. Ahí me encontraba otra vez. Frente al caserón del viejo ermitaño. Ahora, por razones totalmente distintas, pero ahí estaba. Toqué varias veces, y fuerte. Nadie contestó. Esperé unos minutos, parado, apoyado contra las gruesas columnas del pórtico. No hubo movimiento de ningún tipo. Algún tiempo después, descubriría un libro descansando sobre el banco de la entrada. Tenía una notita pegada al lomo. La levanté y la acerqué a mis miopes ojos. Una letra cursiva, altiva, sugestiva, pero sin perder su toque femenino, bailaba en el papel. Se podía leer fácilmente, claro como el agua:
Leámoslo juntos
Con suavidad, recorrí con las yemas de mis dedos la tapa del viejo libro. “Herman Melville. Moby Dick”.
Rápido, y sin más preámbulos me dirigí de vuelta a mi casa. Mamá y una merienda me esperaban. Ingerí frugalmente las galletitas y el mate cocido y fui directo a mi cuarto. Me encerré lo más que pude, colocando una silla frente a la puerta y me acosté en la cama. Agarré el libro y lo abrí en las primeras páginas:
“Llamadme Ismael, si no os importa. Hace ya varios años, no sabría exactamente cuántos, en ocasión de hallarme con el bolso vacío y sin nada en tierra que lograra interesarme, tuve la ocurrencia de hacerme a la mar, de asomarme al sugestivo mundo de los océanos. Se me antojo como el mejor modo de combatir mi aburrimiento y de purificar en cierto modo mi sangre. Ocurre en mí que, de vez en cuando, me veo atacado por extraños ramalazos de melancolía. En tales casos, nada más bueno y saludable, a mi manera de ver, que tomar una resolución llamémosla de tipo heroico.”
Cada palabra que procesaba se hacia más y más perfecta con la que venía. No había calma en su contenido. Sino, se veía el forzamiento de transformar los calmos mares, en tumultos e inestabilidad. Cuanto más avanzaba en la novela, más me ahondaba en la hermosa prosa que la dirigía. Por momentos, me imaginé como Ismael, el marino siempre joven, con los vientos surcándole la cara y jugando con su pelo. Pude ver, sin mucho esfuerzo, que el lugar donde me encontraba ya no era esa pequeña habitación donde había comenzado el viaje, incrédulo. Ahora, había tomado la forma de un gigantesco barco, del siglo XIX. Sentí el bamboleo constante, casi sereno, de las olas. Solo había que caminar un par de metros para divisar personas trabajando, tirando de cuerdas, gritando ordenes, corriendo de aquí para allá, preocupadas y no preocupadas al mismo tiempo. Blandíamos la espada de la aventura, y no teníamos ni la menor intención de soltarla. Me dirigí hacia la cubierta y me asomé para ver el nombre del navío. Estirado, curioso, si, curioso esta vez, alcancé a leer las grandes letras escritas en la proa. Pequod. Daba por sabido, que, de una u otra manera, tarde o temprano, indudablemente los peligros llegarían. Y los esperaba, contento. Siglos de siglos y solo en el presente ocurren los hechos. Miles de millones de personas, innumerables, como migajas de pan sobre la plaza a la tarde, y solo a mí me pasan las cosas. Entendí, como cuando un recuerdo nos acecha en los lugares más inhóspitos, que eso era en realidad la juventud. El lograr comprender lo poco que comprendemos. Y ahí nomás nos agarra esa sensación en los pulmones en la que no podemos respirar y nos tenemos que poner cabeza bajo. Nos ponemos todos rojos, como tomates. Y para tranquilizarnos vemos el mar, inexorable, que permanece y permanecerá por siempre ahí. Conviviendo entre períodos de tumulto y calma. Saber que algo, y con alivio saber que era el océano, me sobreviviría tranquilizaba mi sentir. Con una o dos palabras, con tres o cuatro sueños, entendí, también, que nada tenemos que ver con el tiempo, y que solo esa certeza era…
TRUUUM. Un trueno me había sacado de ese estado. Salté de mi cama y bajé de golpe a la realidad. Sin haberme dado cuenta, ya habían pasado más de dos horas desde la primera hoja. Me había comido casi todo el libro. Me levanté, corrí la cortina un poquito, solo para espiar. Una lluvia gruesa, esa que duele y molesta, caía, del cielo. Me recosté de vuelta en la cama. El libro, marcado con un doblez en la esquina, yacía en el piso. Se escuchaban las gotas castigando al techo. Yo, tan inocente e ingenuo, había caído en una especie de embrujo, de hechizo. El encanto de esas cosas cuadradas fascinaba hasta al más despistado. Y así, entre pensamientos de una felicidad clandestina, me quede dormido, y no soñé nada.
Más tarde al otro día ya había terminado el libro y me dirigía a la casa de Morales. Ni bien toqué, él abrió la puerta de lado a lado y, sin dejar que un segundo corriera, me preguntó, afanoso:
- Ya lo terminaste, ¿no?- sonreía, previendo su triunfo.
- Si- dije, derrotado, y entré.
Toda esa visita hablamos sobre Moby Dick. Discutimos sus pormenores, sus personajes (enfocándonos con mas profundidad en el capitán Acaab), sus ramificaciones, sus historias, y, por último, sus metáforas. Dilucidamos varios minutos las sutilezas del autor. Argüimos sobre el papel de Ismael, enriqueciéndonos, pero sabíamos bien, que la ballena solo podía significar la ambición y los sueños, el motor de la vida. Ya, acalorándonos de tanto método socrático, él me mira, pensativo, y pregunta:
- ¿Cuál sería tu Moby Dick, Juan?
- Hace poco tiempo te podría haber dicho que nada. Te podría haber dicho que no hay cosas que me interesen realmente en la vida. Pero, ya no creo que me sienta así. Si te tuviera que decir algo, te diría que mi ballena blanca es poder aprender todo lo que pueda. Absorberlo todo, crítico. Por alguna razón siento que me desperté de un sueño largísimo. Temo que esto sea nada más que una ilusión, y que uno de estos días me sienta igual que antes, pero ya veré como manejarlo. Por ahora, espero poder disfrutar todo lo que se me presente. Las puertas están abiertas, y lo estuvieron siempre, pero recién me concentro en ellas.
Morales sonrió. Sin saber, estábamos iniciando una serie que se alargaría por un año y algo más. Habíamos comenzado una nueva etapa en nuestra amistad y la última. Distinta, más interesante, pero, también, más complicada. El fondo se aclaraba al paso del tiempo. Esa tarde se convirtió en muchas tardes, iguales, diferentes. Él me entregaba un libro, que yo devoraba en contadas horas, y luego lo discutíamos, divertidísimos. No era una relación común entre profesor y alumno, porque esos papeles se confundían, a menudo. Argumentábamos, y en pocos minutos tirábamos abajo pensamientos que habían tardado siglos en nacer. Destrucción creadora. De cada cosa aprendíamos o reaprendíamos la vida, y la contemplábamos, como un cualquier desprevenido lo hace. Odiamos lo establecido a la fuerza, la resignación, y los totalitarismos. Amamos los deseos, la miel, la novedad de siempre y el cielo ininteligible.
Recorrimos con facilidad, en pocos meses, gran parte de los clásicos, nuestros clásicos. Doyle, Stoker, Shelley, Verne, Kafka, Camus, Sartre, Stevenson, y así podría seguir. Por momentos, largos momentos, que se han dilatado hasta ahora, que estoy postrado en esta cama, recordando con horror y cariño esos entonces, entendí a los libros como espejos del alma. Esos que nos proyecta enteros, perfectos, humanos, inútiles.
Si con la conversación se me había dado un pantallazo de cómo era en realidad Morales, los libros fueron una ventana a su esencia. Algo en él confundía las palabras con la realidad. Con la misma fuerza e intensidad que se le presentaba un vistazo al cielo, o un ruido de un pájaro, o la sensación de frío de un hielo, se le presentaba un poema, o un cuento.
Me di cuenta que esto no fue así por siempre, que en su momento estuvo enamorado, y que no podía entrar tan profundamente la literatura en su vida. La tragedia que tiñó su amor fue la que la abrió la puerta a esta. Llegué a entenderlo como un réquiem, un recuerdo. Las pasiones se trasladan de objeto en objeto, según necesidad, pero no voluntad. A la luz de un “Romeo y Julieta” lloró, a moco tendido, sobre mi regazo. Se culpaba, y se culpó siempre por la muerte de ella. Me acuerdo, que solo luego de un “contame todo” de mi parte, el comenzó a hablar, dándole a las sensaciones pasadas un nuevo lugar en sus cavilaciones. Escribiré lo que me dijo con la máxima precisión posible:
“Recuerdo que nos peleamos como salvajes eligiendo el destino del viaje. Por primera vez en varios años habíamos ahorrado una suma considerable para pasar unas semanas en el exterior. Ella trabajaba dando clases de biología en una escuelita en capital, yo, traduciendo cosas para el gobierno. Ninguno de los dos ganaba mucho, ni siquiera poco, pero pudimos juntar plata, no se como. Decidimos que las opciones estaban entre los límites de Europa. No la conocíamos bien, y siempre fue bueno volverla a visitar. La riña estaba en elegir entre Inglaterra y Francia. Nadie pelea por eso, nos decíamos, para que el otro afloje. Pero no, éramos fuertes, necios. Tanto, que nadie termino ganando. Empatamos. Decidimos pasar dos semanas en París y dos semanas en Londres, aunque cueste una fortuna. Y así costó. Con los traslados, las salidas y todo, nos quedamos pobres en los primeros diez días, y para la segunda semana en París ya casi no teníamos ni un centavo. Pero, aunque al final exprimíamos al máximo la plata y pasábamos las noches en los antros más repugnantes, logramos ponernos en contacto con esa Europa de la que hablan los libros. Con esas torres, esos puentes, esas palomas, esas caminatas bajo los faroles por las noches, estar apretaditos, sintiéndonos el uno al otro, maravillándonos con estar enamorados, creyendo que todo eso era pura cosa de cuentos infantiles.
Y justo ahí, en nuestro mejor momento, se empecinan en arrebatármela.-Cuando contó esto no podía articular una palabra sin echarse a llorar sin remedio, transcribiré lo que pude sacar de la charla.- Pero yo siempre supe que fue mi culpa solamente. Habíamos vuelto del viaje, contentísimos. De forma increíble nos habían sobrado unos pesos, que los invertí en la nafta para volver del aeropuerto. Volviendo, como era usual entre nosotros, manejé yo. Fue un segundo no lucido, lo juro, dormité por solo un segundo, y solo eso bastó. Momento después estaba en un hospital, amarrado a una cama. Mi mamá estaba ahí (no la había visto en varios años, así que lo único que podía significar era una mala mala noticia). Me lo dijo tranquila, sin llorar, ni siquiera por mi dolor. Obvio, ella no la conocía, y no creo que muchos la hayan conocido. Lo tomé insospechadamente tranquilo. Supongo que ya lo sentía. Ella se había ido, para siempre. Todos las mañanas, hasta el día de hoy, me despierto con una lagrima surcándome, recordando, por siempre, esa vuelta a casa, esa muerte sin gloria, de Gloria”
Le tomé cariño en seguida. Lo veía más cercano que nunca, casi al lado, y lo entendí. Terminó la historia y quedó exhausto, sin aire. Lo recosté en su cama y me quedé en la casa, cuidándolo. Recuerdo que en la espera leí los poemas de Rimbaud. Poeta adolescente. Fervor andante, que quema, como hielo muy frió o fuego muy caliente, porque solo los extremos nos matan, y todo lo otro nos seda, impidiéndonos vivir. Lo vi, más viejo que nunca, empequeñecido. Y me entró en seguida el espíritu nuevo. Lo vi, durmiendo, pero sabía que un ojo lo tenía mas cerrado que el otro. Y me entró en seguida la pasión vieja. Como los telones que caen me acerqué a él. Rindiéndome ante todas las tentaciones. Caminé de puntillas, esperando que el destino no me encontrara. Estuve, y lo observé de cerca. Era menos de lo que esperaba. El ojo derecho, ese que estaba decorado en la ceja por unas puntadas, se mantenía apacible, y yo venía a turbarlo. No pude contenerme más, y, abriendo lo que sabía mi caja de Pandora, corrí el parpado hacia arriba.
Me tiré para atrás, contemplando como todo se desmoronaba. Asustado, pasmado, empujé sin querer un velador, y lo dejé caer al piso, rompiéndose en mil pedazos. Eso lo despertó, pero no importaba, porque yo ya estaba afuera, arrastrándome, con la lluvia castigándome en la espalda. Ah, me olvide de decirlo antes, ese día llovía, muchísimo, el cielo se venía abajo (siempre hay tormentas en este recuerdo), y yo, como lo mencione recién me arrastraba, sobre los charcos, dirigiéndome a mi casa, escapando de la visión de muerte. Él venía corriendo a mi busca, pero no, yo estaba de un momento a otro en mi casa, mojado. Llegué, era de noche y ya todos estaban durmiendo. Fui a mi cuarto y me acosté. Donde las fiebres ya me acosaban. No dormí en toda la noche, pero me quede así, tendido. De esa forma me encontró mi viejo la mañana siguiente, después de haber pasado hora llamándome gritando y de haber tirado abajo la puerta. Me llevaron en seguidita al hospital, donde me revisaron y todo eso, pero yo sabía que no tenia nada físico. Todo esta acá, en el bocho. Estuve unos días ahí, pero viendo que yo no respondía a ningún tratamiento me llevaron de vuelta a casa, postrándome en la cama, que es donde estuve hasta este momento. De momentos me sentía mejor, pero luego lo sentía, allá, a metros de distancia, y las fiebres volvían. Un día lo vi, o creí verlo, de refilón. Él me observaba, con una mueca divertida en la cara, sabiendo que todo cuanto había pasado no demostraba nada, más que su inaccesibilidad. Como antes le pasó a él, yo ahora lo desconocía. Cada vez que lo veo, recuerdo ese momento. Ese momento en que yo, dilapidando toda vida futura, moví su parpado, y pude ver, adentro, los huequitos, si, los huequitos blancos. Esos de la pelotita de golf que había perdido solo días, semanas, meses o años atrás. Y tiré el velador al piso, renunciando a toda posibilidad de felicidad, incluso la de hacer malabares.
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