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En el Escaparate
Los deberes de Sísifo
Mariano Mosquera

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En algún momento la piedrita se bastó a si misma, todo el significante recaía en aquella efigie de invariabilidad, aquella preview un tanto irónica del cielo de ahí arriba; y bueno, nada importaba más que la piedrita volara sin curva alguna, golpeando aquel vidrio imponente a tres metros de altura; pero claro, sin rajadura ni ruido fuerte, sino tan solo un aviso pequeñito de esa voluntad de arrugar la ropa y manzana de Adán apenas tragada. Era estirar el brazo un tanto juguetonamente y luego se corrían las cortinas. Que se prendieran las luces era una locura, siempre lo supo, pero había algo en ese choque contra la realidad que lo dejaba medio bobo, medio desconfiando de lo que sucedía. El problema volvía sobre los padres de ella, bigote alineado y quizá con suerte vestido de flores aburridas; desde el primer momento toda la escena había tomado un tinte más peligroso, más secretoporquesi y menos seguridad-alivión. Ellos no lo podrían saber y punto, no había que preguntar siendo tan suertudo, no insistir intuyendo cuerda floja.

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Él/ Pensamientos al azar no tan azar

Un cartel me dice, en Córdoba, que a lo único que le teme es a la muerte. Qué suerte, digo yo, y ahí nomás le meto pata.

¿Cuáles serían los deberes de Sísifo? Silencio. Una duda que me viene asaltando de hace bastante tiempo, por las noches sobre todo ¿Y yo que puedo decir? Ni el puto reloj de pulsera me deja.

Otra pregunta: ¿Cómo no quererte, mi amor, cuando con impaciencia clavas tus blancos dientes en el empaque de plástico del Malboro box? Apurada, necesitando ya un tubito fino entre los dedos, queriendo consumir algo, destruir algo, controlar algo, y clavar los dientes, y clavarlos, y clavar, clavar…

Triste necesidad de diferenciar la verdad de la realidad. Verdad como instrumento de la libertad: ¿Amor-verdad, quizá? Realidad igual a crueldad, igual a paga de impuestos, igual a falta de imaginación y clase de gramática. ¿Qué sería de los revolucionarios sin el olvido de la realidad, sin la instrumentalización de la verdad, del poder-ser, del vistazo al futuro? 

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Ella era linda, hermosa. Las noches pasionales, acaso las que más aire los separaba desde la terraza a la baldosa, su alma salía a flor de piel, se inmiscuía por esos poros que eran probablemente pequeñas tumbas, reflotando aquel ectoplasma ya tan gastado a pared y mano gaista, a beso desde lejos y a ni saber porque tanto problema. Casi siempre olvidaba ser buena, dejaba los gracias-permiso para la mañana y entonces la escena era medio un escape, uno obvio al menos, nada de la ironía o de cosas rebuscadas; transgresión de la bruta y a base de piedrita, chico lindobobin y hablar bajito, un escape que rezando no caer en algo antihoudini terminaba en un estúpido americanismo de completarnos con pelota a la pared, pelota a la pared, pelota a la pared. 

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[En algún lugar de la dinámica de ellos mismos, sabían, que lo que empieza con una piedrita termina con una piedrota, que las aperturas y las clausuras son dolientes de una misma cifra solo que grotescamente tergiversados, inversión del amo y el esclavo, beso nervioso e incrédulo, beso sin rocío (casi a base de mordida) que nos arde como cientos de agujas en fila en nuestras venas- lo rojo siempre está detrás, la vergüenza es esa, que se abran las bambalinas pero que a la vez parezcan más privadas que nunca, sangrar desde los músculos bajo una piel cristalina-, ni suplemento ni complemento, las palabras no les llegan, faltos de si mismos sin lo otro, permanecen indivisibles achacados con aquello pegajosísimo llamado competencia, las caras de la moneda que nunca favorecen ni perjudican, siempre en el medio, en la duda, en la incertidumbre del “nada es”]

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Después siempre quedo el tema de la charla y la luna como lámpara escapada-a-Edesur. Había una precisión tan de relojero madrugador en esto de tratar de que mirarse no fuera algo incomodo, tan de mandamiento escrito y destino duracell (conejito eventualmente al piso nomás). Y quizá quién ganaba el juego era el que más pretendía, el que más obviaba, el que más ideas acartonadas tenía, limitarse a respetar la gravedad pese a estar arriba o abajo, pese a hablar o escuchar, nunca sustraerse de la dinámica de abrir la boca y dejar caer las palabras como baba de durmiente que nada en Valium. Palabras súpergravitatorias, espumantes, siempre caídas en todo su potencial titánico, pesadísimas pero a la vez con tanto vuelo, una caricia que en el medio se revuelve de asco a si mismo y explota de angustia, irritándote la dermis de parla y parla.

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La paradoja era que como ellos, todos nosotros caíamos en algo parecido: amar o intentar amar para escapar de lo mundano, de la mediocridad.

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A veces ella se aventuraba a reunirse con él ahí abajo, en la vereda donde las cosas eran más definitivas y la noche tenía otro signo (cruzar ante el miedo, girar la cabeza de cuando en cuando, paranoia que la comía crudita, nada de paisaje de luces intermitentes ni resoplidos de aburrimiento). Llegaba, sin mucho acento, silenciando hasta el máximo su escurrimiento alejando la llavecita alargada de ese matrimonio de único anillo, y luego emitía una breve sonrisa. Breve a tal punto, que a más tardar dos segundos después había que maquillar el NOSOTROS a velocidad correcaminos, y salir disparados calle abajo, mediando un abrazo o unas manos entrelazadas; y así, con mucho de imagen clásica, la noche se les iba metiendo entre los dos, compartiendo suspiros, silencios y ruidos de pasos, caminar como si indicase algo más, algo del amor y le estamos pegando en el palo, hacer “lo que se supone” pero debiendo antes siempre reconstruirlo, siempre partir de la nada, de cosas nuevas, de bajar y bajar, acompañarse en la baldosa y en la noche, acompañarse en el exilio, en la soledad. 

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“Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames (cómo te gusta usar el verbo amar, con qué cursilería lo vas dejando caer sobre los platos y las sábanas y los autobuses), me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado, jamás Wright ni Le Corbusier van a hacer un puente sostenido de un solo lado, y no me mires con esos ojos de pájaro, para vos la operación del amor es tan sencilla, te curarás antes que yo y eso que me querés como yo no te quiero.”
Julio Cortazar,
Rayuela, Capitulo 93.

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Que su relación tuviera mucho de dilema existencial no era necesariamente algo raro. Pese a que la cultura “digamos tradicional” en ellos no abundaba, encontrarlos deteniéndose frente a un vidrio demasiado limpio o un semáforo caprichoso era frecuente. Había mucho de intuitivo en su vida, mucho de nene preguntón y gato orgulloso. Defendían acaso una filosofía que les costaba reconocer: la filosofía del olvido, la del trayecto errante, la de patear la latita vacía por Lavalle preguntándose medio aburridos porque todo debía ser así era así y no de otra manera, aquella otra manera latente, que tanto gustaba por no ser LA MANERA, por no sernos entregada, por dejarse ser soñada. Tarde o temprano había que tirar la toalla un rato para no quedarse atascados en el casillero, suerte que siempre quedaban conformes con presenciar el andar de un caracol casi borracho, leer de atrás para adelante aquellos gigantes carteles de Callao y Corrientes, y entrar a los museos augurando un Apocalipsis imposible

5
Amor --
Che, amor… que?
Escuche un ruido …
Te fijas que es? No jodas, vos sabes que no hay nada.
Qué querés decir? Nada
(rodilla a muslo debajo de las sabanas que tan poco tapan)
Nada
(otra vez)
Nada!!
Disco rayado 
(espalda contra espalda, sin ronroneo)
Amor (superposición, o sea, la mejor-mejor posición) –
Che, amor… que?
Escuche un ruido …

NO ERA QUE NO IBAMOS A CAMBIAR DE PAPELES PEDAZO DE ESTUPIDO?
(risas, retobo, esconderse debajo de la sabana, trás mucho tratar: ronroneo)

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Eventualmente se diluían uno del otro y caían en lo típico de llenar el tiempo y luchar con pulgares. Sus mascaras eran pesadas, poco a poco llevarlas decantaba en la horrible impresión de ser explotado trabajando, eso de tambalearse y sentir una ligera sensación de estafa e impotencia. Y cuando esto pasaba, ya agotado el pozo de agua y el sexo eventual, se cuestionaban con gruñidos ininteligibles, volviendo a lo que eran o a lo que con más ahínco pretendían ser: entes independientes, de-li-nea-da-men-te separados de lo otro, del mate amargo con macitas que nunca compartieron, de la película que aunque repetidas veces vieron, nunca llegaban a entender; un corte de cordón umbilical de tal brutalidad, que todos terminaban empapados de sangre, acudiendo a ayudas boludísimas, como la de atarse las medias y colgarse tirantes, vestir sombrero de copa y hacer gárgaras con champagne. Desconcierto inundado y despertado a base de panfletos sobre el conflicto de Edipo, una necesidad social de no quedar mal, de no ser el último, él que se sigue llevando bien con la mamita: PLAF!, liquido amniótico o vino con soda, obligados a decidir por acaso una persecución mental, expresión de una inmadurez que se quiere suicidar, de una imagen a emular, de alguien que quiere enamorarse pero no puede, como ellos, vergüencita roja y empapada de sangre, el circuito ciego HOY no los llevaba a ningún lado.

6

Tenés razón amor, mamá es así

(él fuma, tranquilo, sabe bien donde está parado y donde ella lo contempla, no tiene idea porque lo llamó a AQUEL pero sabe que cuanto más cerca menos se distingue)

A mi me parece que en serio no te lo dijo

(cruzado de piernas, al otro lado de la mesa ella con el teléfono en esa pieza de hotel, hoy sufre traslucidamente)

Vas a ver que todo va a estar bien

(le tira la cajita con suavidad y ella agarra un cigarrillo con sus largos dedos, reposa, sin prenderlo)

Venite el domingo para casa a comer a la noche

(ella le sonríe y él responde igual, simetría imperfecta, nerviosismo a flor de piel)

Listo listo, nos vemos entonces, chau.

(por fin verdaderamente en frente, no tienen nada que decirse más que un húmedo beso, dejar que la ropa caiga y quedar ombligo con ombligo)

 

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Juan Ignacio, así se llamaba él, con tanta corbata que no se mancha y raya al medio que no se despeina, era tan real como la piedrita que lo acercaba a ella o el beso que a veces compartían. Era un personaje incluido desde el vamos en el contrato, en el intento de iluminación; no acababa en el AQUEL, no era una ficha de la cual disponer a su parecer, eso él lo sabía bien. Pero el punto en la nariz nunca cuajaba, nunca terminaba de cerrar. Por lo menos en su lógica, el hecho de que exista un Juan Ignacio parecía un poco forzado, un poco tirado de los pelos, hasta quizá un poco plástico. Por alguna razón que no pudo llegar a entender, ser el Juan Ignacio de la noche no le molestaba en lo más mínimo; quizá, el hecho de ser elegido en las horas de los amantes, de los vestidos corridos, de los susurros indulgentes, de las pasiones que arden enseguida, de los pastos para contemplar estrellas, de las venas que se cortan con un rozar juguetón, de los perfumes viejos y de las bufandas cortas lo alentaba en el sentido de saberse clandestino, tanto más fácilmente deseado. Juan Ignacio podría ser su novio oficial, pero él era una verdad que mucho costaba borrársele a ella, algo bien hondo, bien pegado, bien elegido. 

7

---------------------------------------así de acostados------------------------------------------------
Sogas caen del techo, atando los ojos que no saben muy bien que ver, obligándolos, guiándolos, como sea, a mantenerse bien juntitos, viendo en fila ese ventilador que hace temblar la pieza entre un preciosa brisa, y como la sabana ya tan en diagonal se levanta apenas y por un momento.
-----------------------------así de aplastados, esclavos del núcleo----------------------------
Jugar, matar, ahogar y jugar de nuevo. Retenerla contra su voluntad entre sus brazos, toda suya entre sus brazos, maldita entre sus brazos, desnuda entre sus brazos, quejosa entre sus brazos, sangrienta entre sus brazos; respiro entre sus brazos,
abrazo entre sus brazos,
otros brazos,
los brazos. 
---------------------------------mortidos, mortidos, ojos de equis---------------------------------
Desconfiar de todo lo presentado para no desilusionarse, no … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … esperar demasiado de las cosas que ella tocaba, que ella presentía como verdaderas.

Alcanzar el súmmum de la belleza
intentando borrar un lunar a lengüetazos.
Aquel lunar de delineador,
Aquella teta de luna grandiosa.

-------------------------------------------------así de acorralados----------------------------------------------------------------------
así de intermitentes-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------así,
tan agobiados---------------------------------------------------todo repetido e igual---------------------------------------------------
--h-a-s-t-a—e-l-l-o-s—m-i-m-e-t-i-z-a-d-o-s-------------------------------------------------------------------------------------------
-¿PERTENECIENTES?-----------------------------------------------¿RECONOCIDOS?------------------------------------------------------
----------------

Así
de
abandonados

 

 

 

Juntos y solos
así

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En algún sentido, estar prendido de ella y que en el medio se encontrara un Juan Ignacio era como contar las monedas que no tenemos, el boleto de colectivo que todavía no podemos comprar. Y no era necesario ponerse realista o rogar ser cacheteado, la interferencia era tan ruda y tan fría, que la falta de melancolía pasaba a ser ya algo raro, un casillero invisible en el tablero del juego que en silencio ensayaban, que con diligencia atendían. Volteaba nervioso de un lado para otro, siempre en la búsqueda, en la imposible satisfacción total, no de cigarrillo que ni calienta los dedos sino de retrato que en su fijeza, en su terrible adherencia al plano bidimensional, transporta al miedo de lo vacío, al curso existencial de no responder las preguntas. Nada, solo seguir y seguir, voltear, voltear, no poder dejar de ver en todas las esquinas, en todos los rostros y en todos los carteles a Juan Ignacio, a esa mierdita podrida de Juan Ignacio rodeándola con sus gruesos brazos, y ella accediendo, dejándose así, así de pobre boluda que se deja agarrar, la concha de la lora Juan Ignacio, teniéndola mucho más que él porque no la tuvo, porque no fue suya en su cama, en su desnudez, en su enferma guerra, el deseo intacto y ella en sus brazos, agradecida del estar a punto y todavía no llegar, el destino que se reclama pero sin quererlo, allá todo vacío, desértico, sin música de fondo y con arrepentimiento a baldes, una desilusión tremenda del cielo de ahí arriba, del kibbutz con las puertas cerradas, triple candado y encantado, mirar de lejos contra el metal helado en la cara, la sangre sube como loca y vos puteando tu mala leche, tu cuestión cronológica, tu prohibición eterna, perdiendo en tierras conocidísimas: las pecas, los lunares, los finos dedos que encontraban correspondencia; mapas medio viejos, desde hace bastante repasados frente a luz amarillenta, el ceñir de la frente que era un esfuerzo que ni se sentía, bien pagado y bien hecho, los centímetros recorridos a precisión alemana, suiza, o a lo que el estereotipo responda, agrimensor venéreo, totalmente rojo, asmático, que no se puede contener pero que es capaz de guardar secretos, murmuraciones terribles de verdades paralelas, un plegar y replegar la posesión cantada y sin flor: bañarse juntos, besar en el instante, sacar fotos en sepia y sonreír sin muchos dientes, cuestionar los poemas malditos, las milanesas solas, los libros con todavía el plástico de nuevo, los políticos pelados y el último traguito de coca; mundos diferentes, mundos excitantes, pequeñas revoluciones del alma, y era eso quererla, casi como amar una idea, un concepto; pero en el medio de todo, interrumpiendo diez veces más que una tos en el cine, él, AQUEL mejor dicho, esa mierdita podrida de Juan Ignacio que, a suerte de dios sabe que sortilegio, la estaba ganando a ella sin siquiera saberse peleando, y el, ahí desollado y cansado, masa de sustancia irritable, se sentía desaparecer y borrar a fondo de agua, perder la piel hasta para las caricias, quedar tan sordo como el silencio que duele en los oídos, cuestión de esperanzarse contando monedas a tener nomás. 

8

en la otra orilla de la noche
el amor es posible

-llévame-

llévame entre las dulces sustancias
que mueren cada día en tu memoria

“El olvido”, Alejandra Pizarnik

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De esa forma él supo vivir y sobrevivir este amor, entre sobresaltos y silencios demasiado largos. Se necesitaban de solo segundos para que pasara de un pesimismo suicida que deprimiría hasta el más afortunado a una firme esperanza del revirar de los sucesos. Digamos ahora que el miedo a perderla lo atascó, embarrado de angustia y primitiva agonía. Las calles oscuras, el fumar despacio, el caminar con la vista gacha, la idea de resguardar sus manos en los bolsillos, el tomar somníferos para dormirse, el releer libros gastadísimos, el prender lámparas con la luz baja, el aprehenderse a las sombras y a las lamentaciones con suspiros sostenidos fueron sus nuevas expresiones en la soledad. El infierno era aquel estado inquietante y ambiguo, donde cada nube sospechosa y cada llavero recuperado declaraban el inexorable destino de la guillotina o la coronación. La espera, la dulce y terrible espera, en parte penelopeana en parte madre preocupada, lo hacía morderse desde lo más adentro con una rabia de perro que se deja ser. “¿Estoy enamorado?- se pregunta- Si, porque espero.” En algún lado lo había leído: su identidad fatal era la del ocioso que teje su deseo, que pierde siempre frente a la otra que se hace esperar, que intenta hacer decaer la necesidad. Su orgullo lo mandaba a ser el mandarín de los cien días, pero bueno, digamos que él no sabía nada de chino.

9

Apoyado contra su vientre caliente, mirando callados de nuevo el techo. Fumando ella, de esa forma en la que siempre fuma, con los ojos medio perdidos en quien sabe que lugar, alguien de por ahí (digamos que es ese lugar a través del espejo) me grita no se que de un neverplace y yo me indigno fantabulosamente, no time for loosers y ella lo besa despacio en el pecho que también es casa. Él la mira, desde allá abajo la mira con esa melancolía bien seria. Todo costaba tanto en ese entonces, todo pesaba en el alma de una forma tan incomoda, que era difícil imaginar a alguien que no dudase de un amor fluido, de un abrazar eterno y sin pretéritos. Medicinas para los que creen en agujeros negros. Charla improbable. Sigo sin entender como pretendes creer en el amor si decís totalmente convencido que no existe la comunicación. El ventilador se mueve lento (siempre verano, siempre transpiración, siempre, igual, bien juntitos y pegados), el ventilador se mueve lento y se lo puede seguir con la mirada sin marearse. La habitación es escueta, pero, a la vista, agradable. La cosa es que vos seguís con el infantil romanticismo (no me malinterpretes, un poco te envidio) de pensar que hay un paralelismo entre el amar y el conocer al otro. Yo, por el contrario, descreo de todo eso; llego incluso a pensar que cuanto más se ama más se desconoce y viceversa. Silencio, silencio de tres cuartos de incomodidad y dos séptimos de reflexión. Él aprovecha para levantarse por un segundo y prender la radio; luego de un barrido mal interesado por la “repele-jóvenes” de la AM, el dial termina en una frecuencia de tangos. Vuelve a la cama. No sé, creo que me estás cargando pero la verdad no sé. Las palabras sonaron tan estúpidas tiradas al aire. No hay respuesta del otro lado. Presenciamos el fruncir de una frente cansada. Me podes decir que mierda crees que es esto entonces. Ella enojada se da vuelta. La cabeza de él rebota contra el colchón, ahora sin vientre donde apoyarse. Esa espalda y ese culo blanquísimo lo hacen sonreír. Que liviano es quererte cuando te ofendes. Cigarrillo apagado y medicina lista. Las cuatro de la madrugada. 

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Volvamos al momento del rapto. Una obra de teatro, una noche de primavera, tipo noviembre o por ahí. Estado crepuscular, deseo de ser llenado a base de tetera caliente. Él camina por los días de su vida insignificantemente. Maravillosa serenidad, espera, esta vez sí, dulce, porque no es la agobiante y ambiciosa, esa que pretende retenernos en el vacío, hoy (o ayer mejor dicho) toma una forma más tibia, agradable. Plataforma hueca en la que dormir hasta que el flechazo nos elija sin preguntarnos (no se equivoque, bienvenido sea, es más, yo busco al arquero con la mirada y justo un momentito antes le doy mi señal de aprobación, así de contradictorio soy, luego me hago el olvidado como si nada). Repitamos: una obra de teatro, una noche de primavera. A los lejos un Juan Ignacio por ser, todavía desconocido, los signos no parapetaron ningún juicio, un hombre entre la multitud. La obra terminó, nada del otro mundo la verdad. Butacas que en un segundo se vacían. La angosta calle Bolívar recibe a una veintena de personas que hablan sobre la puesta de la que recién salieron. Él esta ahí, entre ellos, escuchando ir y venir opiniones, dogmas vacíos, vanos intentos de hacer creer que la actriz principal es hija de otra reconocida actriz o algo de ese estilo. Las palabras lo golpeaban, pero él ni fu, sin resistencia, sedado quizá, dejándose hacer de todo, quieto y cooperativo a ese aburrimiento-mancha que lo iba inundando, centímetro a centímetro lo sentía invadir y conquistar, pero él no haría nada, la noche lo rindió por fin y sentarse en la vereda vencido era acaso el más claro síntoma, suspirando largamente, la cabeza entre las manos, el pelo entre los dedos, los ojos bien cerrados.

10

El silencio siempre era doble o triple después de una charla de ideas. Gelatina bien espesa, entre verde y transparente, cuanto inmóvil podía estar. Cariz que se cortaba con cuchillito de pescado, ahí nomás de solo; y mirarlos era mirarlos sin imágenes, sin ojos casi, humeante el mutismo de la radio, parpadeaban mucho uno para cada lado, pareja de columna vertebral hablando, invitándose a un café, la cuarta costilla ríe y todo el pedazo de cuerpo se levanta para ir al baño. En el AM, una voz que se fundía hasta con las miradas que no eran, empezaba a comentar algo de las Tardecitas de Buenos Aires. Ella vuelve, ahora vestida: esta enojada, es obvio, pero su cuerpo termina en la cama una vez más, y nada, ahora él siente culpa y quizá la obligación de decir algo, cualquier cosa, una palabrita que cerrase todo, que lo arreglara para desnudarla de vuelta, tirando sus ropas, sin coger pero estando así, tan animales, tan cansados en escena, fumando y fumándose uno al otro, a punto de tirar la toalla y dormir…dormir encontrándose en el otro lado, ese otro lado donde los besos se dan en los ojos y darse la mano es acaso el Sumo Bien sintetizado, un mundo egoísta de caballo de carreras, pero que tomaba al otro en su máxima verdad, aquella verdad relacional de tu (yo) y yo (yo), donde vos no estás pero sí mi amor,
mi amor-aire,
mi amor-agua,
mi amor-tierra,
mi amor-fuego,
mi amor-mundo,

mi amor-vos.
Mi amor, te amo.

/11/

Todavía me sigue rompiendo la cabeza el hecho de que ella también se sentara ahí en la vereda. No estoy seguro si fue lástima o que, pero bueno, el punto es que lo hizo y por eso yo lleno estas páginas. Dejó que su cuerpo cayera sosteniéndose con las manos por detrás de la espalda y, lanzando un suspiro que pudo haber sido con tranquilidad el de aquel Dios que se aburre allá arriba, dijo:
- Un bodrio, ¿No?
Silencio del otro lado, una mirada entre los dedos quizás.
- ¿Tenés un pucho? Mandé a mi novio a comprar pero siempre compra esos asquerosos que le gustan a él.
Tiempo más tarde él recordaría este momento y diría que, paradójicamente en la inclusión de ese tercero, por primera vez se sintió interesado. Una monedita de veinticinco y la mano robótica baja en busca del Malboro box. Diez dedos en el aire se tocan:
- Gracias…Che, tu mano está helada- y los diez dedos volvieron a tocarse, invitando en un primer momento a otro cinco calientes, y más tarde a otros cinco fríos.
Ya sin poder cubrirse, él miro fascinado a esa enfermera improvisada que tenía a su lado.
- ¿Te sentís bien?- la extremidad bañada de magia blanca cruzó el aire y se posó en su frente, manteniéndose ahí durante largos segundos de curioso diagnostico.

STOP

Ya sé que éste es uno de esos rodeados, pero no me vas a venir con que el momento no lo amerita. La libertad nació para esta escena y vos lo sabes bien (ya me estoy cansando de los no-poder-ser de Lacan). Mi objetivo, por si todavía no lo cachaste, es crearme estructuras para después transgredirlas a pura conciencia. Suicidio lo llaman algunos, yo no soy tan pesimista que digamos.

Estado hipnótico. Soy sacudido, electrizado, mudado, trastornado, torpedeado por esa aparición. Luego engañado, apabullado, inmovilizado, con la nariz pegada a la imagen, sometido a aquel vencedor invisible que nunca se da grandes aires, que rara vez se materializa. Lo que llega a raptarme son detalles: la voz, la caída de la silueta, la tibieza de su mano al frotar la mía, el sesgo de una sonrisa ¿Para que seguir?
Estado contradictorio. Soy, por primera vez, delineado centímetro a centímetro en mi verdad última. Reconozco con una claridad traslucida el Yo y el Otro, los límites y los mares, las montañas y las cuencas. Pero, a la vez, me pierdo en esta conciencia. Soy la única alma en esta dudosa faz que se funde con su entorno. Dejo de pertenecer de tal manera, que poco importa ser el enamorado o quien lo cuenta, el astronauta o el astrónomo, la mano que escribe o el papel escrito, en fin, el que vive o el vivido.
Amo primeramente un cuadro, y puedo decirlo así de fácil porque no soy yo quien ama. Un cuadro, una imagen, el signo mismo de la instantaneidad, un velo que se desgarra. Lo que no había sido nunca visto es descubierto en su integridad, y desde entonces devorado por los ojos: lo inmediato vale por lo pleno: estoy iniciado: el cuadro consagra el objeto que voy a amar.
La madre (¿Por qué no decirlo también?), es el cuadro al que me arrodillo. El frotar de las manos, el cuidar intensivo y la preocupación fuera de toda lógica (digamos que sólo lo conoció por tres minutos), tejen un guante perfecto al deseo; algo que lo llega habitar como un recuerdo y que ya nunca lo deja. No es Gradiva, la que avanza, el objeto fijado. Esta imagen, yendo contra toda historia escrita, me entrega toda su atención, trabaja sobre mí, me ayuda, me enamora. No hay indiferencia en su proceder, pero tampoco sorpresa. Ambos somos colocados en un escenario para transgredir con lo inevitable, su mano en mi frente, la otra en mi mano. Él, o Yo, no importan. Ella ya le había calado al mundo entero.

Ahora podés…

Play

Juan Ignacio aparece desde lejos y ella debe irse. Un cuídate es el adiós y una pequeña caricia en el pelo el saludo. Él se queda solo, más solo que nunca en la vereda repleta de gente que habla bajito. Pero ahí no termina, obvio que no termina. Recién unos minutos después él cae en la cuenta de estar siguiendo a la pareja desde lejos. Camina sereno, despacio, sin ninguna expresión en la cara, poker face le llaman, que tu cuerpo sea una barrera, un obstáculo. La escena se alarga por un tiempo más hasta que llegan a una casona en Recoleta. La pareja se despide con un largo beso y Juan Ignacio parte hacia la avenida. Mientras, él presenciaba esto desde lejos en la esquina. Con la mirada sigue el trayecto de ella. Luz, hall, escaleras, luz en el segundo piso, baño seguro, luz apagada, luz prendida, dormitorio, sí sí, dormitorio, tic-tac tic-tac tic-tac tic-tac, por fin se apaga. Este era su momento. Agarró una piedrita del piso, invocando a todos los dioses habidos y por haber, y, desafiando a la suerte por hacerlo casi con los ojos cerrados, la lanzó sin mucha fuerza buscando golpear aquel vidrio imponente a tres metros de altura. Cric. Increíble, lo había logrado. Nada pasó. Otra vez, otra piedrita. Cric. Otra. Cric. Otra. Cric. Ahí hubo movimientos del otro lado, una luz prendida (única y última luz prendida), una cabeza que se asoma desde la ventana: era ella:
- ¿Juan Ignacio?
No, no era Juan Ignacio.

Y zás, así empezó todo.

11

Lo dijo. Lo dijo y fue su primera vez. Mal momento eligió, usándolo para disculparse, pero bueno, lo había dicho y eso era lo importante, con triple valor palabra por ser la pura verdad. No podía repetirlo, era obvio, no debía caer en la estupidez de vaciar la palabra, intentando convencerse de su propia confesión; buscar el revivir del momento era un absurdo que se encontraba fuera del lenguaje: amar no existe en infinitivo, proferirlo era aceptar un momento de conjunción cósmica improbable, de reconfiguración atómica imposible. Yo te-amo sintacticamente SOLO ahora, mi único momento de pura verdad es éste, la fotografía infinita y elástica, el flash trabado, la ceguera establecida.

Lo primero es el silencio grillo, luego la sensibilidad vuelve y se empieza a oír de todo, todo todo, todo todo todo todo.

Entre la represión y la liberación, su vomitar se mueve como un pez en la sopa. Mostró dos de sus tres cartas sin tener idea de la existencia de esta tercera, cantó cuanto pudo cantar, treinta y tres de mano y ni con eso ganó, tremendo boludo la verdad.

Las hormigas, la persiana que golpea, el goteo en el baño.
La media rozando el piso, el ventilador siempreelventilador, la insoportable levedad del ser.
Los pulmones subibaja, el imaginario violín de Bach, el parpadeo-guillotina.

El te-amo es una fuerza que camina tranquila en su tremenda soledad. Va contra casi todos: la familia, la razón, la ciencia, la doxa, la realidad…fuerzas despreciadoras, coladores nocturnos de una pasta que jamás se sirve. ¿En que se convirtió esto? ¿En un hablar automático? ¿En una búsqueda anónima? Escapemos una vez más… 

Nunca es como te lo imaginas. Nunca aceptamos ser sujetos del Gasto.
La palabra es pertinente y vil al mismo tiempo, no sabemos si la recuperamos o ella nos recupera.
El lenguaje, careciendo de garantías, nos deja caer en aquellos terrenos donde la música funciona mucho mejor que las miguitas de pan. No vaya a ser que nos coma esa maldita bruja literaria, ¿no?

En fin. En fin.
Silencio. Silencio.
Ella lo mira a él. Sus ojos como dos gatos sinfónicos ahogan una lágrima. La precisión cirujana requiere tiempo. Pero no, algo se desmorona tras la escena.

Sí, me amas, y acá la lagrima gana por goleada y se suicida hacia el pecho contorsionado de él, pero quién puede llegar a conocerme, desconsolada abrazándolo, alguien reclama cuenta nueva, quién a conocerme, decime, por favor, quien puede llegar a conocerme, pedazo de desperdicio nomás (y eso que ahora hablamos del ahorro), quién a conocerme, conocerme, c o n o c e r m e…

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El final es simple y, por poco lo demuestre en las próximas palabras, bastante importante. Digamos que cierto día a comienzos de otoño- las hojas ya en el piso, los pájaros ya escasos, el mundo ya suficientemente marrón- él tiene la maravillosa idea de visitar la casona de Recoleta. No se conoce bien a una persona hasta verla fuera del contexto normal, se dice, ¿Cómo la despertara la mañana? Maravillosa idea, maravillosa idea. Baja por Arenales, esquivando canteros, le sonríe a una señora con un paraguas amarillo, acaricia un perro siberiano de la mano de un nene a las corridas y se mete por Callao. ¿Cómo será pues? ¿Fastidiosa? ¿Contenta? ¿Dormida? Maravillosa, fantástica idea. Quizá si le compro algo sonríe más cuando me vea. Bah, digo, por si no alcanza con solo eso por las mañanas. Dicho esto en su mente se mete en un Mc Donald´s para salir en seguida con un café para llevar y unas medialunas envueltas. Ya esta cerca, ahí nomás en la esquina y a la vuelta. Se pondría tan feliz, tan de mostrar los dientes y cerrar los ojos, y yo sí, le sacaría las lagañas, sí, le limpiaría la cara con la lengua, como lo gato que somos, como lo amante que pretendemos ser, como lo…Silencio. Puf a lo clásico: el café no se le cayó al piso, pero él bien que se quedo quietito, pasmado. Desde la otra punta de la calle, en la manzana de la casona, venían ella y Juan Ignacio entrelazados a nudo bombero con los brazos, apretados, uno contra el otro. Eso no era lo peor: venían riéndose, ambos, riéndose y felices de la vida, ya por su propia cuenta mostrando los molares al mundo, ya por su propia cuenta cerrando los ojos, felices y riéndose, y él, ahí, solo y prescindible, tercera rueda de la bicicleta, decimocuarto cuchillazo a victima, con un café y unas medialunas en la mano; él enamorado de ella, ella enamorada de Juan Ignacio, Juan Ignacio enamorado de quién sabe. Demasiado, se dijo, con la rabia contenida en una lengua muy lastimada, y se lanzó a correr. Corrió y corrió por largas calles, durante largas horas, solo eso, correr, dejar ese lugar en Recoleta tan atrás como podía, escapar con todas sus fuerzas, sellar un pacto que era de todo menos ecuménico, de todo menos justo. En algún momento se detuvo, cansadísimo, con la cabeza gacha y las manos encolumnadas a las rodillas. Jadeaba, jadeaba como loco y había transpirado una barbaridad. El aire no se le metía directamente en los pulmones, sino que iba y venía nervioso por entre las cavidades. Calma, se dijo, calma. Levantá la cabeza y fíjate donde estás, así nos vamos rápido para casa. Y lo hizo, y era obvio donde estaba: de vuelta en la casona. Lo demás fue casi automático e instintivo. Del cantero sacó la piedrota, y la fuerza y el coraje de quien sabe donde. Ni se molestó en apuntar, él sabía que le iba a pegar. Manzana de Adán apenas tragada, sí como no. CRASH. Un grito. Y otra vez corriendo.

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Si me pongo a pensar ahora no voy a poder evitar sonreír al recordar que, en otro momento, él escribió algo sobre los deberes de Sísifo. Ese algo fue al menos una duda. Una muy seria. ¿Cuáles serán los deberes de Sísifo? ¿Cuáles serán los deberes de alguien que, por amar tanto la vida, es atado a una roca para siempre? Quizá precisamente eso, estar atado a la piedra, cumplir con el destino, como ese prometeo alimento de carroña. ¿Por qué no decir que la primera piedrita, la última piedrota, y la roca gigante que debía transportar Sísifo, son la misma piedra pero con los signos cambiados? No se. Siempre tuve pocas certezas, y por suerte me conformo con la historia, me conformo con saber que le costaba empujar la roca cuesta arriba de la montaña, que le costaba cuesta abajo, y que le costaba cuesta arriba de nuevo. Así por siempre, en un círculo interminable, donde la roca costaba y el esfuerzo tenía un mismo módulo. Sísifo, a la manera de Jesús pero con cifras inversas, se mantiene en escena para mostrarnos las verdaderas caras de la vida y el amor. Y no hay día, no hay noche, no hay cama y no hay beso, en la que no nos diga, murmurándonos a los oídos, la poca verdad que le queda. Esa que dice que cueste, que amar cueste, que vivir cueste, que cueste, pero que se pueda.

 

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