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En el Escaparate
Parábola sobre los hospitales - Rápido vistazo a nuestro convalesciente
Mariano Mosquera
Rápido vistazo a nuestro convaleciente
Desde que se había quedado la primera noche, ya hace unas cuantas semanas, lo que más le molestaba a Arévalo Vidal del final de los días en el hospital era su constante iluminación. Lo que lo diferenciaba de la mañana era una cuestión de potencia. Al momento de dormirse era apenas menos brillante, pero mil veces más hostil. Lo raro es que él parecía ser la única persona que notaba y sufría esto. Todos a su alrededor dormían profundamente, babeando, roncando, soñando y demás. Ya había tratado reiteradas veces de sobornar con poemas improvisados a las enfermeras de turno, pero solo solía arrancar unas humildes risas de estas, y un delicado “no podemos...son las reglas”, junto con cierta mordida de labios. Porque además de ser un escritor con bastante habilidad, Arévalo era una persona con cierto revuelo entre las faldas. Durante varios años se había atrevido a no malgastar su “belleza obvia” para encantar a las muchachas, pero ya entrando en sus cincuenta (y más estando en un hospital), la aprensión anterior se había esfumado totalmente para dar lugar a una soltura que llegaba casi hasta los limites de lo ridículo.
Nuestro convaleciente protagonista había sobrevivido lucido a través de las pocas horas de sueño que conciliaba en los apagones totales (muy comunes en esa zona al parecer). Aunque el hospital tenía una instalación especial, la electricidad sacada de las fotocélulas era transferida, en un primer momento, a las zonas con pacientes de alto riesgo (quirófanos, terapia intensiva, etc). De esta forma Vidal conservaba su cordura y compostura para seguir trabajando. Uno de los médicos más jóvenes, con el cual había trabado una amistad curiosa y amena, le había alcanzado de su casa su pluma preferida y esas hojas fibrosas en las que tanto le gustaba escribir. Así fue como pudo continuar haciendo lo que tanto le gustaba: crear mundos imposibles e inimaginables, que atrapaban y absorbían con su sola mención.
Las costumbres literarias de Vidal eran bastante inusuales. Como ya dije escribía en pluma, de esas estilográficas, un arte ya tan perdido en estas épocas. No escribía con ellas por la entendible conducta hedonista que se establece al relacionarte tanto con un papel, sino por el estúpido snobismo de hallarse después con las manos cansadas y manchadas de tinta. Los desordenes y los barullos lo hacían enfocarse, y se enriquecía de estos. Las decenas de caras que pasaban y pasaban por la puerta de su sala lo inspiraban de tal manera, que todos sus textos escritos durante su estadía en el hospital discutían ambientes de tensión, presión y responsabilidad.
Tres veces por día venían a traerle sus medicaciones. Dos rojas, una amarilla y otra de sabor horrible, como a durazno seco y metal herrumbrado. Las esperadas visitas de las pastillas no hacían nada más que deprimirlo y tirarlo abajo. Le recordaban que no estaba ahí para crear, sino para curarse, o en última instancia para morir. Y cuando le entraba esa sensación de inutilidad e impotencia lo único que quería hacer era dormir y olvidarse por un tiempo de quien era, pero ahí, casi inalterable, como el éter, seguía la luz.
Un diálogo colectivo o de cómo filosofar a martillazos
Arévalo Vidal escribió:
“Dos personas esperando el 24 (uno verde con rayitos blancos, que ahora es blanco con rayitos verdes). Pueden ser dos hombres o dos mujeres o un hombre y una mujer o una mujer y un hombre. No importa. Al fin y al cabo, dos almas, dos conciencias. Hace calor. El sol pega de lleno. Comienzan a hablar.
Persona 1: Una cosa rara esto de esperar, ¿no?
Persona 2: Si, muy rara.
P1: Da la sensación de que esperás desde hace más tiempo de lo que crees, y que el solo hecho de estar frente a la parada es una pieza más del rompecabezas.
P2: Lo difícil de analizar la espera es que tarde o temprano te das cuenta que te estas analizando a vos mismo, porque la espera es...
P1: La vida misma.
P2: Si, la vida misma. Tratamos de pensarla más como una línea que como un punto, como una evolución. Pero ahí es donde flaqueamos. Queremos sentirnos importantes porque creemos que solo existimos nosotros. Es que el mundo trata de demostrarnos que lo único que consta es el ser, y luego...(esto lo dicen las dos personas) la nada.
P1: La larga espera seguro nos pone impacientes. Y para hacérnosla más corta fumamos, amamos, pensamos, escribimos, hablamos, y así hasta darnos cuenta, si es que alguna vez nos damos cuenta, que la espera en si no es importante sino solo lo que hacemos de ella.
P2: Exactamente. Pero la muerte no se queda atrás. Creo que la vida es digna de ser vivida en tanto exista la...
P1: La muerte.
P2: Linda costumbre la tuya de interrumpir.
P1: JeJeJe, si, perdoname, es que simplemente no puedo esperar.”
Las 5:17
Arévalo Vidal escribió:
“Pocos son los que saben que pasa en un hospital porteño a las 5:17 de la madrugada. La magia o la casualidad son los responsables de eso, talvez la inconstancia de la memoria colectiva.
Al momento de sonar el reloj todos son poseídos por sus verdaderos seres, sus antiquísimos proyectos. Los ojos se les ponen en blanco y se levantan, sonriendo. Dejan de ser apenas vestigios de vida para pasar a ser un elemento esencial de la celebración de fábula. Algunos son pingüinos, otros cocodrilos, muchos osos, pocos peces. Una vez vi un ángel que se maquillaba, y otra, un perro que leía Camus. Los condicionantes como la costumbre son relegados a meros instrumentos de los oficinistas.
Ahí es cuando todo se vuelve azul. Una suave brisa con olor a papeleo recorre las salas, y un alivio como de posguerra se siente en el ambiente, todos son partícipes. Las enfermeras, tan privadoras en su momento, bailan al son de ronquidos majestuosos, casi sinfónicos. El olvido y el reencuentro recorren venas, y todos se sienten drogados de libertad. Eufóricos, saltan y cantan, bailan y corren, comen y duermen, dejando atrás todo lo que pueda llamarse devenir.
Aman el futuro porque todo es posible allí. Ahí es donde la semana pasada se murieron y donde viven por toda la eternidad. La destrucción y la creación son simples etapas de esto que llamamos existir. La juventud es injuriada, pero sin dejar de ser atractiva, porque engaña a todos haciendo creer que es pasajera.
Hay arremolinamientos, empujones, gritos y demás. Lloran al unísono y se regodean de no ser gran cosa. Nunca fueron blasfemos ni nada por el estilo. Pese a ser casi anarquistas respetan ciertas tradiciones, como la de guiñar el ojo cuando se esta cargado o la de quejarse cuando la sopa esta muy caliente.
Batas azules, blancas y coloradas vuelan por los aires, zarandeándose, y dejan descubrir lo que todos estaban esperando. Estar desnudo no es difícil porque en realidad son ellos, y no esas máscaras o esos espejos que nos imponen y nos imponemos.
No creen ni en la verdad ni en las perspectivas, porque para ellos eso es solo un barrote más en la cárcel del día-a-día. Escupen en los diarios y desconocen la política. Ignoran el desorden tanto como el orden, porque saben que todo esta donde debe estar.
Pero no piensen que todo es tan así, porque ya son las 5:18, y todos los enfermos están en sus respectivas camas. La norma de “no animales” se reestablece y todo vuelve a ser como siempre, como en verdad NO es.”
Reconocimiento
La comida, a pesar de ser centro de numerosas quejas por parte de los pacientes, era bastante variada. El primer plato consistía de algo blando, como una sopa, un puré acuoso, o polenta, que venía acompañado de unas pocas verduras al horno, sopladas y sopladas por las enfermeras para evitar gritos efusivos de los postrados. Luego venía la carne, cortadita a pedido si uno quería. Casi siempre pollo, pero dos o tres veces al mes se dedicaban un festín con un bife de chorizo. Para el postre podía ser gelatina o fruta, era a elección. Los 29 de febrero servían flan con dulce de leche y crema (nótese que esto pasaba una vez cada 4 años).
Pero nada de esto afectaba a nuestro Arévalo Vidal. Él tenía la mente en otro lado. Desde hace bastantes semanas que la idea de escaparse le rondaba en la cabeza. Si había algo que no había en el hospital era libertad, que era cedida de muy buen gusto por los pacientes. La cosa es que él nunca había cedido nada. Un día estaba sentado en su sillón favorito, leyendo quien sabe que revista y todo se volvió negro. Para cuando se había levantado ya estaba en la sala de emergencias, donde un medico con frente ancha, barba despeinada y voz gruesa (más común en los psicólogos que en los médicos clínicos), le dijo que tenía cierta enfermedad preocupante terminada en “itis” y que se tenía que quedar en la clínica por un par de meses.
Vidal tenía algunos compañeros en sus mismas circunstancias. Rulfo, de la sala contigua, Aguilar, de un piso más abajo y Romero, de la sala de psiquiatría. La forma de cómo empezaron a fraguar la huida es todavía enigmática. Para cuando se pudieron dar cuenta, el plan ya estaba bastante avanzado y el ritual de encontrarse frente al shockroom estaba completamente asimilado.
Todos y cada uno de los integrantes de este grupo de acción cumplían un papel determinante en el desarrollo de la huida. Rulfo, astuto, es el que confecciona el plan mismo. Romero, más inteligente y calculador, funciona como palanca del primero. Aguilar, es quien provee al grupo de los planos del edificio y de los turnos de la seguridad. Por último queda Vidal. Es raro en un escritor, lo digo sin miedo de caer en un error esperable, el sentimiento de administración, pero en Arévalo se daba con una perfección tan majestuosa como sorpresiva. Él era quien confrontaba lo planeado con la realidad, quien llevaba a hechos las meras ideas o suposiciones, pues, en palabras más simples, era el líder.
El plan en si era simple, pero su ejecución estaba sujeta a varios imprevistos. Este consistía en una larga lista de movimientos a través de los pabellones, salas, cuartos, etc, del hospital, en busca de la llave o llaves que le devolverían su ansiada libertad. Se trasladarían como sombras entre los enfermos y renacerían afuera, en la blanca y fría noche.
Todo se implementó un 25 de agosto. Se encontraron como siempre frente al shockroom, y luego de unas cuantas palabras alentadoras por parte de Vidal emprendieron su viaje hacia los ascensores. No usaron el pabellón central porque en él era más probable que fuesen sorprendidos por otros pacientes, y que estos dieran la alarma. Optaron por el pasillo secundario, que era frecuentado por enfermeras y personal de limpieza mayormente. Todo se desarrollo sin ninguna complicación. Llegando al ascensor pudieron ver la luna llena frente al ventanal superior, y se sintieron sanos y cobijados, cerca de una mujer y de su perfume, tan fantasmal en esos momentos, pero con rapidez continuaron, presionados por el ambiente.
Ya bajando a planta baja a ritmo constante, Vidal se puso a recordar lo planeado. Traspasarían el sector de maternidad y el quirófano, y se dirigirían hacia la salida oeste, donde se encontraba la entrada de ambulancias. La este se encontraba al lado del sector de descanso de personal, donde todos estaban alertas, y la sur (la central), era muy concurrida. Al lado de la salida oeste había un puesto de seguridad, pero el guardia, un vago que se aflojaba la corbata y escuchaba fielmente la radio de los boleros, tenia fama de cerrar mucho los ojos.
Lo proyectado coincidió en buena medida con lo sucedido. El hospital estaba sumido en una tranquilidad para algunos desesperante. Entrando en la zona de destino se podía escuchar bajito “Noche Cubana” de Portillo de la Luz. El suerte de centinela estaba en efecto, dormido.
Voz de susurro de frondas
y arrullo de mar,
besa tu brisa y tu abrazo
es calor tropical.
Se ubicaron los cuatro juntos frente a la puerta y se quedaron inmóviles. Saboreaban con placer dilatando la victoria. Vidal extendió su mano tanteando el picaporte. Estaba frío. Giró. Chik-Chik. Nada pasaba. Imposible. La puerta estaba cerrada. Chik-Chik, Vidal probó de vuelta, solo para cerciorarse de lo que estaba pasando. Chik-Chik.
-¡Lo sabía!- gritó efusivo Romero, antiburocrático y antiinstitucionalista antes que paranoico y sicótico- los hospitales no buscan brindar el ingenuo “don de la salud” a las personas, sino solo retener a las que ya saben curadas...o muertas, que es lo mismo.
Luego de veinte minutos de discusiones sobre nuestro próximo movimiento, Aguilar se ofreció a ir a buscar la llave. Él, que era el más atlético de los tres, y la única persona que podía traducir fácilmente el plano del hospital, parecía ser la opción mas obvia para cumplir la misión con celeridad. Y así fue. Cinco minutos después ya había vuelto con un manojo de llaves en su mano y una que decía “LLAVE SALIDA OESTE” entre sus dedos.
Abierta ya la puerta, Rulfo, Aguilar y Romero salieron disparados hacia el exterior, gritando, riendo y festejando. Pero Vidal se quedo allí, en el umbral, sin moverse, observando la calle Güemes, sintiéndola hostil y hasta ajena.
-¡Vení Arévalo!- invitó Rulfo- que ese mequetrefe del guardia no va a tardar en levantarse.
Pero él no se inmuto. Hizo como si no lo escuchó (sino es que en efecto no lo hizo) y mantuvo la mirada a un horizonte imaginario. Se quedaría en el lugar durante otros treinta minutos como menos, porque luego una enfermera lo encontraría y lo llevaría a su cama. Y el no se resistiría. Porque ahora entendía. Él ya no era un habitante del mundo (como antes le gustaba llamarse). Ahora era oriundo de ese país donde las luces son inmortales y los medicamentos llegaban como mucho, cinco minutos tarde.
Sin irnos por las ramas
La enfermera Belli se decía, mientras avanzaba por la calle Güemes, que las casualidades no existen. Levantarse de la cama, avanzar a la cocina y que justo suene el teléfono, era solamente una sucesión grotesca nacida de cierta conciencia superior. Llámesele Dios si lo desea. O Karma, da lo mismo. La cosa es que algo así le había sucedido hoy a la mañana y que le seguiría sucediendo por el resto de sus días.
Cuando se disponía a ingerir la primera tostada untada con mermelada de frambuesa del pote nuevo, esta se le cae del lado rojo. Ley de Murphy, piensa la enfermera, todas las tostadas se caerán del lado insalvable. Y tanto se engorró que empezó a insultar de arriba a abajo “la puta vida y la puta gravedad” que le había tocado. Luego todo es confuso y caótico. Verá usted que el cuchillo para untar, ese chiquitito y sin filo, terminó clavado en el techo, y la tostada con mermelada de frambuesa junto con su respectivo pote nuevo estrolados contra la pared, ahora roja.
Y así sucedió, sin más ni menos. Pero este no es el final de la historia, no lo crea. Imagínese la cara de felicidad dibujada en la enfermera Belli, cuando, mientras investigaba la temperatura en el noticiero matutino, aparece disparado un cartel que dice y avisa “ALERTA EN LA NACIÓN” (o en la capital, que en argentina es lamentablemente lo mismo). Parece que cierta marca reconocida de mermeladas, la de la abuela sonriente en la etiqueta, había envenenado y matado a miles y miles de personas en lo ancho del país, con su nueva tanda de productos con sabor a frambuesa y uva.
Belli se halló a si misma llorando de alegría. No solo no se sintió terriblemente golpeada por la muerte de esas pobres personas que habían querido desayunar, sino que tampoco se encontraba sorprendida. Eso había estado preparado, y ella se sabía viva porque tenía un plan que cumplir, un rol para con Dios.
Por lo tanto no era de extrañar ver a la enfermera caminando por Güemes, diciéndose que no existían las casualidades y rezando decenas de Ave María. La mañana estaba linda, y clara. Los pájaros pasaban razantes y rápidos, pero bien vivos, porque no se chocaban contra nada. El tráfico por alguna razón ya no molestaba tanto.
Dios te salve María
llena eres de gracia
el Señor es contigo
bendita eres entre todas la mujeres
y bendito el fruto de tu vientre Jesús
Santa María, madre de Dios
ruega por nosotros
los pecadores
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Algo faltaba. Una última palabra ¿Cómo era que seguía? Ni idea. Una parte del cerebro se le había borrado sin dejar ni un rastro. La enfermera se ruborizó. Solo segundos antes había dicho la oración completa pero ahora ya no la recordaba. Su respiración se aceleró. Giró la cabeza a uno y a otro lado, todos la veían, y se reían de ella.
Empezó a correr calle abajo. Como llevaba tacones, luego de unos cuantos pasos se tropezó, parando contra el piso. Se golpeó la cabeza, y sintió como todo adentro suyo se reacomodaba. Entró en el primer negoció que vio y gritó:
- ¡Me robaron!
El señor que atendía el local tenía un cigarrillo apagado en el labio. Estaba completando un crucigrama.
-¿Qué dijo? Hable más fuerte que soy un poco sordo.
- ¡Me robaron!
Se quedo estupefacto por unos segundos. Acercando su mano a la cara magullada de Belli dijo:
- Y parece que la golpearon también.
- No no, me acabo de caer.
- ¿Qué le robaron? – el señor ya había humedecido un pañuelo y ahora se lo estaba entregando.
- Una palabra, creo.
- ¿Una palabra?
- Si, pero una muy importante, la que va al final del Ave María.
El señor negó con la cabeza, con cara de preocupado.
- Se nota que esta mal señora, déjeme alcanzarla al hospital que esta acá a media cuadra.
- ¡No me trate de tonta!, dígame como es. Dios te salve María/llena eres de gracia/el Señor es contigo/bendita eres entre todas la mujeres/ y bendito el fruto de tu vientre Jesús/Santa María, madre de Dios/ruega por nosotros/los pecadores/ahora y en la hora de nuestra muerte. ¿Cómo sigue?
- Perdone, no soy católico.
La enfermera se quedó quieta, inmóvil, consternada, y se dejó llevar por el señor hacia el hospital. Poco a poco iba entendiendo. No se había olvidado la palabra, ni se la habían robado, no por lo menos una persona. El mismísimo Dios se la arrebató para que no pudiera dedicarle jamás de los jamases a partir de ese momento ninguna plegaria u oración.
Belli se puso a llorar, sin remedio. Ella, que era tan buena, tan humilde, tan caritativa, tan todo, había sido abandonada por el todopoderoso. ¡Ella!
La curaron en un zas. Tres puntadas. Nada comparado con la desgracia eterna. Comenzó a vagar sin rumbo por el hospital, sin saber que su turno había comenzado hace ya diez minutos. Caminó por los pasillos, pabellones y salas, contemplándolo todo, por última vez. Ahora tomaría el ascensor y tocaría el botón del tercer piso. Luego subiría por la escalerita que daba al balcón y ahí estaría. La escena final. El piso sería su último destino.
Ya estando en el último piso del edificio escucho un ruido. Provenía de una de las salas. Entró, por pura curiosidad, para ver quien o que era el responsable del sonido. Un hombre, en su cama, estaba escupiendo sangre. Trataba de decir algo, pero la boca se le estaba inundando de líquido rojo. Se acercó al hombre y lo puso de costado, para que no se ahogara. Este seguía tratando de hablar. Solo un susurro salía. Era patético. Acercó la cabeza al que luego conocería como Arévalo Vidal y confirmando su hipótesis de que no existían las casualidades escuchó. Una sola palabra repetida y repetida. Amén.
Post Mortem, y parábola final
Después de lo ocurrido ese día todo se vuelve más negro. Las sombras, antes meros representantes de lo real, adquieren forma y delineamiento. El hospital de Güemes se tiñe de tinieblas y se convierte en un lacayo más de la parca.
Arévalo Vidal muere ese mismo día un par de horas luego de haber entrado en un coma profundo. Amén fue su última palabra. Alrededor de ella un pequeño enigma se ha instalado.
La naturaleza y el porque de la misma es lo que ronda en la cabeza de esos pequeños ejércitos de “neoescritores” que han tratado de rescatar la historia de Vidal. En un análisis simple hay 3 teorías que se consideran “serias”.
La primera dice que Vidal, encontrándose moribundo y en las últimas sintió que debía reconciliarse con el milagroso poder que había criticado y criticado durante todos sus años como escritor. Su anticatolicismo era conocido. No soportaba el dolor, la culpa y el humanismo falso que acarreaba esa religión. La desesperación encubierta lo afligía, y lo solía hacer pensar en la degradación de los hombres.
Otra es que, en el estado en el que estaba, lo pasado y lo presente se le hayan juntado, mezclándose ineludiblemente. En ese momento de vómitos de sangre no solo estaba ahí, en esa sala, en esa cama. Sino también estaba con su abuela, ese verano del 65, en el que sus viejos se habían ido de viaje y lo dejaron solo, ahí, con esa señora que apenas conocía. Recordaría (o reviviría) un día en una pileta, un arroz con leche muy caliente, una pelea fulera con el hermano, una lámpara llena de bichos, un primer cuento sobre un primer beso, una noche estrellada, un campamento en Lobos, y así. Pero por sobre todo recordaría a su padre. Sus misas en la pequeña capilla de Rosario lo marcarían de por vida. Ver a su padre, ahora reverendo, hablar sobre el cielo y el infierno con una altura y una ligereza que metía miedo. Esto le indicaría el camino a seguir. O por lo menos eso es lo que pensó su familia, sin saber que en la sangre del pequeño Arévalo corría un líquido trasgresor e irreconocible para cualquier religión. Pero aun así lo recordó, y como voluntad final mencionó esa palabra que cerraba cuanto su padre decía sobre el mandamás: amén.
La última, y por la que me inclino yo, dice que simplemente repitió algo que dijo reiteradas veces en sus libros y que es el elemento esencial que recorre toda su obra: amen. De ahí sale la mala interpretación de verlo como un amén. Quizá, como decía Belli, no es una casualidad que las tres a la vez puedan ser las acertadas, aunque eso nunca lo podremos averiguar.
Llegamos al punto en este cuento en el que ustedes, pacientes lectores, exigen una moraleja. Y se las daré, aunque eso signifique virtualmente anular las futuras conclusiones, talvez más ricas, talvez más veraces. La parábola es la siguiente: tomando a la vida como una espera, los hospitales pues son…esperables.
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