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En el Escaparate
Una silla alta para ver Sex and the city, por favor!
Madela

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¿Quién en estos días no está al tanto que se viene la película de Sex and the city?. Hable con quien hable, después del debate y el compromiso social que implica el posicionamiento a favor del Gobierno contra el lock out patronal, toda chica que se precie de tal te susurra por lo bajo - “pero además de lo del campo…viste que se viene, se viene, se viene… LA PELICULA.?”-

Conozco muy pocas mujeres entre los 30 y 40 que no hayan caido subyugadas con la serie y que no hayan identificado a alguno de los candidatos de la serie con su propia historia, ya sea Big,  Aidan o la larga secuencia de frustrados desencuentros. Todavía hay amigas que se preguntan, ¿por qué Carrie no se quedó con Aidan? Flojo, flojo el argumento de esa ruptura en la 4ta temporada, ¿no les parece?. Y todavía conozco mas gente aún, entre las que me incluyo, que se resiste al final en donde lo máximo que descubrimos es el verdadero nombre de Big, que era un Juancito nomás. (John)

Como todas, yo tuve mi Big, y tuve mi Aidan. Al igual que Carrie, no me quedé con Aidan, pero a diferencia de Carrie tampoco me quedé con Big. Pero eso es harina de otro costal, por ahora detenido en la ruta 14. Ya hablaremos de eso.

Y ahora les pregunto a ustedes, chicas? Incluso se lo pregunto a ustedes, hombres? Por qué nunca elegimos a Aidan?

Aidan en mi vida llevaba muy bien puestos sus 37 años. Alto, con muy buenas formas, voz ronca como la de Al Pacino en el Padrino 3. Se dedicaba al rubro gastronómico, perfil perfecto, y apellido italiano que honraba con muy buenas pizzas amasadas por sus propias manos y muebles de madera tallados con la misma maestría.

Me enamoré de él, sentada en una silla alta, su favorita,  que él mismo había tallado, reina de una inmensa cocina de campo con horno de leña. Mis ratones mentales se relamían mientras lo observaba lanzar bollos de masa de pizza que se iban expandiendo y extendiendo por los aires. Los días fueron pasando y la relación fue expandiéndose y extendiéndose también por los aires como una buena pizza casera. Compartíamos su cama a veces, mas veces mi cama y muchas bucólicas tardes en su velero. El nombre de su perra era el resumen perfecto de nuestra vida perfecta: Pancha.

En ocasión a la apertura de su nuevo proyecto, un restaurant, lo acompañaba a adquirir los artículos de decoración. Decidió entonces llevar su silla alta tallada como amuleto para decorar uno de los salones del lugar.

Una tarde en las que me invitó a ver los avances en la decoración del negocio conversábamos animadamente. La escena transcurría en cámara lenta con música de fondo italiana. El, hermoso, sentado sobre su silla alta bebiendo cerveza y haciendo comentarios ocurrentes con un amigo y riendo sonoramente. Yo casi no apreciaba el sonido de sus palabras, ni la conversación en sí, sino que examinaba cada movimiento y me llegaba de lejos el sonido de la música. Yo solo podía escuchar los latidos de mi corazón. Como estaba absolutamente absorta, creo que fue también riendo con esa enorme boca que pidió disculpas y giró su espalda para retirarse unos minutos.  Mientras se llevaba esa espalda angulosa que me aceleraba el pulso, solidaria, me dispuse a acomodar la silla alta de madera de la que se había levantado y que como ya dije, él mismo había tallado cuando ahí lo ví, lo vi de verdad.
- “Aidan, puaj, la silla de la que te levantaste está toda manchada de… “- le notifiqué asqueada, pero no pude terminar la frase por pudor propio. Giró, me miró y agregó despreocupado: -“Ah, si, no es nada, me toqué un poco… son estas malditas hemorroides”-

Me desenamoré en ese mismo instante, mientras limpiaba con mis propias manos la maldita silla alta tallada con sus malditas propias manos. Mientras fregaba la silla se me ocurrió pensar que a 4 meses de relación, cruzar la línea de las hemorroides propias o ajenas puede ser muy peligroso, incluso, hasta para las relaciones cuasiperfectas.

 

 

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