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Notas Recomendadas
Y un día volvió la política
Ricardo Forster

La discusión sobre las retenciones móviles en el Congreso de la Nación rejerarquizó el valor del debate parlamentario y del discurso político, más allá de traiciones y negocios privados.
Sostener que la palabra política estaba (y probablemente sigue estando) devaluada en la Argentina no es decir nada novedoso ni ejercitar el arte de la reflexión aguda; es, apenas, destacar lo evidente, lo que se escucha en cada esquina y se repite monocordemente desde los medios de comunicación. Desde la noche dictatorial venimos escuchando que la política es baja, ruin, egoísta y responde no a la virtud sino a la canalla moral. Incluso si dirigimos nuestra mirada más atrás y más lejos en la historia nacional probablemente no dejemos de encontrar ese reclamo antipolítico de amplios sectores de la sociedad, reclamo que, por lo general, terminó alimentando los cauces de la derecha y las diversas salidas militares. El rechazo de la política encontró otro momento de auge y esplendor en los noventa menemistas cuando desde diversas usinas, progresistas y liberales, se descargaron las baterías bienpensantes sobre el universo de la política arrojándola decidida y definitivamente a su lugar natural: los tribunales en los que se dirimen los casos de corrupción. Operando supuestamente contra el menemato, los discurseadores mediáticos de los años noventa contribuyeron a ese vaciamiento de un lenguaje que reconoce su partida de nacimiento en la búsqueda del bien común pero que también ha sido movilizado en beneficio de causas injustas y deplorables. ¿Es posible imaginar otro destino para la palabra política que el del descrédito?
De los saldos del largo y extenuante conflicto desatado por la resolución 125, pero magnificado por la ambición permanente de los dueños de la tierra a defender contra viento y marea su renta y su “derecho” a imponerle al Estado la lógica de sus intereses, quizás quede como uno de los pocos positivos cierto retorno de la política, cierto giro hacia una dimensión otra respecto de la devaluación y a su recurrente inclinación a ser conducida a sede tribunalicia. Inesperadamente las diversas lenguas políticas buscaron y encontraron en el espacio público un ámbito imprescindible, el terreno del diferendo y de los desacuerdos a la hora de imaginar distintos modelos de país. Durante los últimos meses pudimos recobrar, en parte, el debate de ideas, la contraposición de proyectos, la puesta en evidencia de lo que se guarda o esconde detrás de “intereses sectoriales”; pudimos volver a polemizar en relación al rol del Estado y estuvimos en condiciones de recuperar antiguas palabras tachadas u olvidadas en las últimas décadas neoliberales: redistribución de la riqueza, igualdad, regulación y planificación, entre otras que permanecían en lo más recóndito de los desvanes de la memoria popular y que habían sido expulsadas de los discursos de época como anacrónicas. El regreso de esos mundos enmohecidos constituye, tal vez, uno de los saldos significativos de un conflicto recurrente en la historia nacional.
El Congreso fue, en la recta final, el ámbito del diferendo, el espacio de la discusión política; en él, primero en Diputados y después en el Senado, se entrecruzaron diversas concepciones de país, diversas lecturas del conflicto y diversas propuestas para salir de él. De un lugar ausente, ninguneado por el dispositivo kirchnerista pero, para ser honestos, heredado de su propia degradación que se manifestó con total crudeza en la deslegitimación de 2001, el Congreso pudo recuperar una centralidad indispensable en la recreación de lo democrático y, claro está, en el retorno de una palabra política capaz de sustraerse a sus propios envilecimientos y miserias.
Ámbito de discusión
El Congreso, su diversidad variopinta, la pluralidad de voces y de personajes que lo habitan, expresa, como no podía ser de otro modo, la trama más profunda de la vida argentina, sus momentos de grandeza y, muchas más veces, sus recurrentes bajezas. Desde el famoso asesinato de Enzo Bordabehere hasta la obsecuencia de los noventa, el Congreso no ha dejado de ser cómplice de lo peor, de la misma manera que en su seno se levantaron muchas voces dignas y valientes que en épocas oscuras defendieron la justicia y la dignidad. Caja de resonancia de una historia argentina que se ha movido entre la revitalización de la palabra política y de su envilecimiento, que ha visto sucederse lealtades y traiciones, gestos entrañables y brutalidades impresentables.
En este sentido, la actualidad del Congreso de la Nación no representa una novedad ni una anomalía, aunque le haya tocado, como pocas veces en décadas, dirimir un conflicto de una gravedad inusual. ¿Lo ha hecho bien? Seguramente no a través del voto del presidente del Senado, un voto que resquebrajó en mil pedazos la lógica institucional que dice que el papel del vicepresidente de la Nación es acompañar, cuando es necesario, las decisiones del Ejecutivo en el seno del Legislativo. Pero lo que hizo Julio Cobos, porque de él se trata, es poner en evidencia que la palabra política sigue degradada, que en su nombre se pueden romper los contratos morales, las deudas contraídas y las lealtades legítimas; que la firma no vale nada en el universo de la política. De la misma manera que, aunque peque de ingenuidad, resulta inadmisible que alguien vote siendo directo beneficiario de lo que de su voto se extraiga (pensemos en Carlos Reutemann, en el salteño Juan Carlos Romero, en Roberto Urquía, grandes beneficiarios del rechazo a la resolución 125). La inmoralidad siempre parece perseguir las madrugadas del Congreso (pero en este caso no desde el oficialismo, que fue acusado recurrentemente por muchos medios de comunicación y por las espadas de la oposición, de querer “banelquizar” la votación, sino por aquellos que se opusieron a la política de retenciones móviles).
No se trata, para rescatar a la palabra política, de caer en el moralismo (demasiada agua ha corrido desde Maquiavelo para insistir en esto); se trata, antes bien, de observar si su decir expresa el vacío de una retórica ahuecada o si descubrimos que vuelve a ser el ámbito del litigio, el núcleo imprescindible del conflicto en el interior de una sociedad que se quiere, aunque no siempre lo sea, democrática. A cuentagotas, con contradicciones, sin alcanzar cimas memorables, de todos modos algo sucedió en el Congreso de la Nación, algo endeble pero fundamental como volver a colocarse en el centro del debate político y volver a encauzar democráticamente lo que todavía permanece abierto en el país: el desacuerdo por la igualdad que hoy se expresó en la disputa por la renta agraria. Una disputa tan vieja como la misma Argentina.
Ricardo Forster
Filósofo y ensayista
Fuente: revista Caras y Caretas Nº 2.225
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