Menu Home Acerca Contacto

 

Personajes de la vida
EL PASPADO
almacen de rastros

ImprimirRecomendar esta noticia a amigos  Agregar a FavoritosComentar

 

El Paspado

 

Eran mas de las 3 de la tarde, presumí que el subte estaría casi vacío, especialmente en ese horario y siendo el D, que se distingue tanto de otros por los barrios que recorre. Estaba en la estación Olleros. Lo tomé hacia Catedral, me pude sentar cómodamente. Saqué mis anteojos, una novela de Merkell y me puse los auriculares, decidido a aislarme esos 20 minutos de viaje. Sin embargo, mis ojos me llevaron a ver uno de esos especímenes arquetípicos de la ciudad, y me concentré en él y su mundo.

El hombre en cuestión ronda los 40 a 50 años, se lo ve bien vestido, pero hay algo en él que dice que no es una persona totalmente limpia. Podría ser muy diferente, más joven, más viejo, más flaco, más gordo, morocho o rubio, alto o bajo. Pero la especie esta dada por una característica común. Viaja sentado con las piernas obtusamente abiertas. Como si llevara entre sus piernas algún aparato metálico que de cerrarlas, o aun acercarlas le produjera un dolor intolerable. Otros podrán afirmar que se trata del síndrome de la paspadura íntima. Pero la verdad que ni uno ni lo otro. Tampoco esta ligado al tamaño de su miembro viril. Es sólo una posición dominante del espacio. Como los perros que orinan en los alrededores de donde viven, diciéndole a los otros canes que allí es propiedad privada de Boby.

En el caso de nuestro espécimen no está dedicado solo a su género, sino a toda la orbe.
En este caso, el fulano tiene las patas largas. Miro sus zapatos, están lustrados, sin embargo sus medias están roídas y dudo que no tengan un importante olor.
Cuando comenzó el viaje a su alrededor los lugares del alargado asiento estaban vacíos. La gente prefería ponerse lejos del sujeto. Pero a medida que avanzó el subte, en el transcurrir de las estaciones, los lugares terminaron por ocuparse.

En el momento que se sentaron a su lado el espécimen ni se mosqueó, no miró, y, por supuesto, no cerró sus piernas. De un lado, una chica se acomodó juntando fuertemente sus rodillas como si algo fuera a escapar contra su voluntad si las abriera. Del otro lado un joven, que se hizo pequeñito, prefirió achicarse y tener cierto tufillo amanerado que chocar contra aquellos largos muslos. La escena duró un par de estaciones, era una imagen de un ser poseedor que daba lugar en su cetro a dos pajes en tanto no invadieran su espacio vital.

Varios cambios sucedieron alrededor, pero todos parecían respetar las reglas impuestas por aquellas piernas abiertas al máximo. Ocurrió que en la Estación Pueyrredón subió un hombre de unos 50 años, típica figura del argentino casado, que mantiene flaco su cuerpo pero su abdomen sobresale como abriendo camino, al estilo de una vela hinchada por el viento en un bergantín en el mar.

Apenas vi que se dirigía hacia aquel lugar vacío del lado derecho de nuestro hombre, supe que se avecinaba una pelea. Una guerra de piernas. Así ocurrió, el nuevo pasajero se paró firme ante el lugar, apunto con su cola hacia el asiento, como avisando que había llegado, que abrieran cancha. Pero el viejo pasajero no se dio por enterado, no movió ni un milímetro sus piernas. El panzón se sentó con fuerza y también abrió sus piernas. La pierna derecha del que ya estaba sentado fue corrida con fuerza. Sin embargo, después de este primer embate pareció retomar iniciativa y se volvió a abrir ágilmente, pero choco contra la firmeza del muslo izquierdo del otro que decía sin hablar “…acá estoy yo, este es mi lugar, no me podés quitar”. Como en una danza, las piernas se movían de un lado a otro sin resignarse ninguna a ser vencida. En un momento parecían haber logrado un equilibrio de fuerzas. La rodilla del panzón parecía clavarse con fuerza en la pierna del primer espécimen. Cuando llegamos a Carlos Pellegrini los dos se pararon, por un momento pensé que se iban a increpar, pero no. Ni se miraron, se levantaron, bajaron y siguieron con sus vidas.

Sonreí sintiéndome el único testigo de la pelea de piernas y rodillas. Mis ojos recorrieron el vagón buscando una mirada cómplice. No la había. Pero unos metros mas adelante vi a un joven de 30 años aproximadamente, con las piernas bien abiertas, a sus lados una anciana y una estudiante, las dos parecían pedir perdón por ocupar un pequeño espacio del asiento.

Mi sonrisa se convirtió en mueca y deseé con mucha fuerza que subiera otro vengador de piernas abiertas para recomenzar la pelea por el espacio vital.

 

Comentar este texto

Comentarios

Alicia dijo:

¡Caramba que si es verídico! ¡Qué bronca dan estos personajes que abundan en trenes subtes y colectivos!

Enviado el 06/07/2009

 

 

Subscribirse RSS Feed Subscribirse

Volver