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CAFE DEL ALMACEN
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Hay huellas que la vida nos deja en el cuerpo, son los amores y desamores. Algunos las esconden de las miradas ajenas, otros las llevan como estandartes, hablaremos de ellas para desterrar este tiempo de tantos amores en soledad.
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Para mirar detrás de la mascara.Sin que el sentido común nos imponga su conservadora ceguera.
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Aquello no evidente. Esa explicación que la foto induce pero no dice. O que nuestros ojos crean, sin la racionalidad de lo expreso.
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Orama, La Maga y Yo
ORAMA, LA MAGA Y YO - Capítulo II
Dardo Moro
De los cuatro parecía el más grande. No sabíamos si lo era. De alguna manera era un “primus inter pares”. Sentíamos que había recorrido mucha más vida que nosotros. O “vidas”, como decía Alberto.
No resistía el humo de los cigarrillos y me alegraba que ya no se permitiera fumar adentro. Pero me daba ciertos celos cuando mis amigos se iban con él a fumar afuera y no sabía de que hablaban. Algo me perdía. Y no sabia qué.
Era tarde, muy tarde. Palermo estaba casi vacío. No era común que un martes nos encontráramos tan avanzada la noche. Pero era como si tuviéramos que hablar algo importante. No sospeché que era sobre mi.
Habían terminado el pucho y los tres entraron decididos. Tomé un poco mas de mi mojito sin sacarles los ojos de encima. Como siempre Domingo iba adelante, como conduciendo al grupo. Atrás de todo Orama, con un paso mas cansino. Los tres se sentaron y comenzó Alberto.
- Che…te queremos decir algo. Decile Domingo.
Como si me fueran a decir que tuviera Cáncer o por avisarme que se había muerto alguien, mingo puso cara seria, me miro a los ojos, espero unos segundos y señaló:
- Sabemos que estas mal. Y no queremos que un amigo como vos se sienta así.
- ¿Quééé? No se de qué me hablan. ¿qué cagada me mandé?
- Ninguna boludo. Estamos preocupados por vos.
- ¿Pero porqué?
- No te hagas el boludo, te conocemos.
- Váyanse a cagar, no se de qué hablan.
- Que estas triste. Se te ve en los ojos.
- Estoy igual que siempre. Soy un poco melanco. Pero no más que eso.
Se hizo silencio. Pareció que todo el bar de Honduras se había callado. Me dio la sensación que de todas las mesas estaban escuchando nuestra conversación. ¡¡¡Horrible!!!
De nuevo Domingo, siempre Domingo.
- Nos dimos cuenta. Y no jodas más. Andás mal con el amor…
- ¿Quééé? ¿Pero sos boludo o te hacés mingo?
- No soy boludo y todos estamos de acuerdo. Hace más de un año que terminaste con Micaela.
- Y sí, hace una año, ya lo superé. Y salí con varias chicas desde aquel momento hasta aquí.
- Sí. Pero…¿y las poesías? ¿Y las aventuras de subir la montaña? Todas esas cosas que escribías y que nos volvían un poco “femeninos” a nosotros pero que nos ayudaban entre tanta soledad. ¿Dónde las dejastes?
Me quedé en silencio. Me conocían mis amigos. Había dejado atrás a Mica, las chicas que visitaron mi cama, no eran más que eso. Pero el tema es que se habían muerto mis ganas. Ganas de escribir, de profetizar, de imaginar montañas guerrilleras que subir.
- Te dejamos con Orama…..
Se levantaron, buscaron a la moza, pagaron. Nos dejaron pagos dos ron con coca. Y se fueron.
No me acuerdo cuando lo conocimos a Orama. No sé si es su nombre de verdad. Tampoco de dónde salió. Muchas veces me daban ganas de preguntarle ¿y vos quién sos? Nunca lo hice, había un pacto como que no era necesario. Él aparecía de vez en cuando en nuestra mesa. No sé como se anoticiaba de que íbamos a ir a tal o cual lugar. Él era así, raro.
Prendió un cigarrillo. Aspiró fuerte el humo, como para empezar. Pero yo interrumpí:
- Che bolas, nos van a echar a la mierda, no se puede fumar.
- Fumen tranquilos - dijo la moza, mirando sonriente a Orama.
La puta que la parió, con lo que me molesta el humo, pensé, pero no importa, no puedo ser un cascarrabias.
- Hace unos cuantos años, estuve como vos.
- ¿Cómo estoy?
- Vacío.
- Estás mamado, estoy a full, en el laburo, con las pibas no tengo problemas, la casa la estoy terminando de pagar.
- No te hablo de eso. No tenés Maga.
Fueron horas de conversación. Casi amanecía cuando nos fuimos. Caminé por la mañana fresca tratando de reconstruir lo que Orama me dijo. Parecía inspirarse en Rayuela. Porque hablaba de la Maga. Pero también se alejaba del sentido que Cortazar le daba a ella. Me dijo que los hombres tenemos muchas mujeres importantes en nuestras vidas. Incluso verdaderos amores, profundos, pasionales y familiares. Pero que todos teníamos una Maga y que la mayoría de las veces no la encontrábamos. Que no nos dábamos cuenta cuando pasaba al lado nuestro.
Había sacado de su bolsillo una página arrancada del un libro donde me leyó: "¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.”
Y más adelante remataba: "Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos ."
Después me afirmó: - las magas no se buscan. Uno se choca con ella.
Pero si ese era mi problema y existía en algún lugar mi maga y no había que buscarla, ¿cuál era el problema para hablarme así? No había tenido necesidad de preguntárselo. En aquel casi monólogo de Orama, él se adelantaba a mis dudas. Me había señalado, que para poder chocar había que estar con los sentidos encendidos. Y a mi se me habían apagado. Que mi fórmula de vida actual pasaba por un estadio en la que estaban metidos la mayoría de mujeres y varones: la vida es, hago lo que tengo que hacer. Y como me sale bien, tengo éxito en ello, soy feliz. Es decir la felicidad comprada en el escaparate del esfuerzo y el deber ser.
No lo vi así en mi. Me dijo “pensalo en tus amigos y conocidos”. Tenía razón. Algo de ello había. Antes de irse, este personaje me había dado doblada otra hoja arrancada de un libro. No la leí, la dejé en el bolsillo de la campera para otro día. Y ya a media cuadra de distancia me gritó: ¡el viernes en Placita Armenia, tipo 7!
Le hice una seña como que entendía. Pero…¿era una cita con él, con mis amigos, o la oportunidad de conocer a mi maga?
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