
RASTROS DE LA ACTUALIDAD
Es el lugar donde analizamos con otra mirada los acontecimientos políticos y sociales.
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CAFE DEL ALMACEN
Aquí la polémica. El debate estratégico para el pensamiento critico. Sin dogmas. Abiertos a una etapa de creación en libertad.
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EN EL ESCAPARATE
Tus cuentos, historias, tus fotos, tus vídeos, canciones e inventos. Todos inéditos de aquellos que por debajo del rito comercial crean, por necesidad de su pasión e imaginación.
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Hay huellas que la vida nos deja en el cuerpo, son los amores y desamores. Algunos las esconden de las miradas ajenas, otros las llevan como estandartes, hablaremos de ellas para desterrar este tiempo de tantos amores en soledad.
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Notas recomendadas, otras imágenes y textos...
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Para mirar detrás de la mascara.Sin que el sentido común nos imponga su conservadora ceguera.
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Aquello no evidente. Esa explicación que la foto induce pero no dice. O que nuestros ojos crean, sin la racionalidad de lo expreso.
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Orama, La Maga y Yo
ORAMA, LA MAGA Y YO - Capítulo X
Dardo Moro
Caminé por Combate de los Pozos hasta 19 de Noviembre. Doblé y tomé la vieja calle yendo hacia la Estación Constitución. El aire de la madrugada me ayudo a centrarme. Pero volver a ser yo me trajo más dudas que certezas. ¿Qué iba a hacer aquí? ¿A quién preguntarle sobre una muchacha, un poco rara, hermosa, sin saber su nombre y que trabaja con unos pastores…? Difícil o simplemente imposible.
La noche había vaciado todo. Caminaba solo. Ya ni autos ni coles. Llegando a Solís, un hombre sentado en un escalón de la puerta de una viejo caserón. No parecía de aquellos que viven en la calle. Asemejaba admirar la noche, miraba las casas, el cielo, respiraba profundo. Era de mediana edad, la barba crecida desprolijamente le daba un aire intelectual y no de alguien que se abandona. A su lado una pequeña radio de la cual salía música de Jazz probablemente, no estoy seguro. Pero lo que más atrajo mi atención fueron sus ojos. Eran muy claritos, tal vez celeste. Se sentían penetrantes, casi que si te miraban no quedaban en el escudo que es la piel, nuestra fisonomía, nuestras formas. Era de esas miradas que nos intranquilizan. Que nos dejan desnudos. Esos ojos que dicen… “te conozco, yo te conozco, ante mí no hay máscaras posibles.”
- Perdón, ¿podría hacerle una pregunta?
- Sí dale, ¿quién sos?
- Me llamo Dardo. Y estoy buscando una chica.
- No podía ser de otro modo.
- Le cuento. Conocí una joven, primero en un bar de Palermo y después me la encontré en una movilización en el Cid Campeador. Sé que es la chica para mí. No sé cómo se llama porque me mintió. Donde trabajaba, ya no lo hace. Un amigo me dijo que estaba ayudando a unos pastores, quizás de esos que salen en la tele, por aquí, mejor dicho, por Constitución. Fin de la historia. Quería saber si usted me podía ayudar a encontrarla.
- Son pocos datos, Dardo. Por aquí hay muchos templos, iglesias, algunas llenas de creyentes, otras de clientes de sabandijas que trafican con la necesidad de creer.
- Aunque sea dígame dónde están los templos.
- Te puedo decir, pero a esta hora todo está cerrado.
- No importa, tengo urgencia de encontrar algo que me acerque a ella.
- ¿Te dijeron de qué creencia eran los pastores?
- No. Es que a mi amigo le gustan los enigmas y hacerme pensar. O se ríe de mí. No sé la verdad, no sé...
- ¿Y de la chica?
- De ella no sé nada, sólo lo que le conté. Y que tiene unos ojos marrones marrones...
El hombre sonrió, como recordando, como quien descubre algo. Me hizo recordar al abogado de una serie viejísima “Perry Masson”, que en la presentación él está con la cara muy seria en medio de la audiencia en un tribunal y alguien le acerca una carpeta, nuestro héroe la abre, lee rápidamente y la cierra, sonríe. Todos sabíamos que había logrado “la prueba” que le iba ha hacer ganar el caso. Estaba todo dicho.
- Mirá flaco, creo no equivocarme. Ojos marrones marrones…seguro que es Isolda.
- ¿Isolda?
- Sí, es una chica que da una mano en la Casa de los Betlemitas.
- ¿Quiénes son los Betlemitas?
- En realidad no sé si siguen estando en Constitución o si se fueron hace mucho. Sé que el barrio se llamó en una época Convalecencia.
- ¿Cuándo fue eso?
- Hace mucho, a mediados del 1700. Es que había un hospital de esta orden católica de los curas Betlemitas. Era un Hospital para pobres. Tomá en cuenta que en aquella época el único derecho que tenían los pobres era a morirse. Porque nadie prestaba atención a su salud, a su vida.
- Pero ¿siguen estando por acá? ¿y ella qué hace?
- Isolda da una mano, acompaña a los enfermos o a las familias de estos, limpia…uno poco de todo. Es de esas minas de fierro, a veces parece distante, como si no te dejara acercarte. Como si sólo conocieras de ella una apariencia. Pero después, te das cuenta que ella está. No me preguntes cómo, porque no es médica ni enfermera, pero su compañía hace sentir a estos solos de toda soledad que hay alguien para quien existen y eso los ayuda a recuperarse.
Me quedé conversando con aquel extraño más de media hora. Los temas fueron hacia otros horizontes. Literatura, política, historia y en todos demostraba una solidez extraña. Sin citar a nadie, parecía conocer. De ese tipo de cultura tan extraña, tan abarcativa que les hace tener una cosmovisión integral del mundo. Esas miradas que ayudan a comprender.
Sobre Isolda, poco más. Me dijo que vaya hasta la calle San José y 15 de noviembre, doblando a la izquierda había un conventillo, y que en el fondo estaba esta especie de salita de pobres llevada a delante por un curita que decía ser betlemita.
Llegué. Todo estaba desierto. Tampoco podía reconocer la casa. Espié por rendijas de la puerta sin éxito. Algunas de esas casas, era. Quizás a la mañana aparecería Isolda. Me acurruqué en un pequeño zaguán de una casa desierta media en ruinas que estaba en la vereda de enfrente. El sueño lentamente me fue tomando. Casi dormido mi mente vagaba preguntándose si realmente se llamaría Isolda, o sólo sería una evocación de aquella historia que la tenía por protagonista junto a Tristán, de aquellos amores que para se reputados como tales parecían estar convocados a la tragedia. Aquellas obras literarias que duelen en el pecho me producen reacciones totalmente contradictorias, por un lado, acompaño el sentimiento mayoritario de adoración a amores de tal envergadura que hasta entregan su más preciado don: la vida, y así conquistan la eternidad. Pero por otro, me parecen amores pobres en el sentido que sólo en la tragedia se realizan como tales y no resisten reinventándose diariamente, enfrentando a la cruel cotidianeidad que lleva a tantos y tantas a pensar una noche en la cama compartida por tantos años, porqué están allí.
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