
RASTROS DE LA ACTUALIDAD
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CAFE DEL ALMACEN
Aquí la polémica. El debate estratégico para el pensamiento critico. Sin dogmas. Abiertos a una etapa de creación en libertad.
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EN EL ESCAPARATE
Tus cuentos, historias, tus fotos, tus vídeos, canciones e inventos. Todos inéditos de aquellos que por debajo del rito comercial crean, por necesidad de su pasión e imaginación.
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Hay huellas que la vida nos deja en el cuerpo, son los amores y desamores. Algunos las esconden de las miradas ajenas, otros las llevan como estandartes, hablaremos de ellas para desterrar este tiempo de tantos amores en soledad.
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Notas recomendadas, otras imágenes y textos...
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Para mirar detrás de la mascara.Sin que el sentido común nos imponga su conservadora ceguera.
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Aquello no evidente. Esa explicación que la foto induce pero no dice. O que nuestros ojos crean, sin la racionalidad de lo expreso.
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Orama, La Maga y Yo
ORAMA, LA MAGA Y YO - Capítulo XI
Dardo Moro
Cuando desperté todo era febril. Gente apurada yendo a sus trabajos. Me parecía que si no hubiera dormido en el zaguán sino en la vereda, me pisarían sin darse cuenta, metidos hacia dentro, mirando sin ver. Traté de despertar totalmente a mi cerebro que haraganeaba demorando el pensar.
Una de las puertas estaba abierta. Se veía un largo pasillo y muchas puertas más. En el fondo, una más grande y también abierta. Entré y caminé decidido hacia el fondo. Se sentían algunas voces de los departamentos en fila. Peleas, chicos que no querían ir a la escuela, mujeres que hablaban a mudos maridos, maridos que gritaban a mudas esposas. Olores diversos, tostadas, café y a medida que avanzaba, olor a hospital. Ese olor tan particular que algunos confunden a limpio y a mi me parece a enfermedad. Como un alerta que dice que estas entrando a un lugar de donde es difícil salir.
Golpeé las manos frente a la puerta de la salita clandestina. Una señora apareció.
- ¿Si? ¿En qué lo puedo ayudar?
- ¿Usted es la encargada?
- No, es el padre Jorge.
- ¿Podría hablar con él?
- Ahora lo llamo. Tome asiento que quizás demora unos minutos.
Había tres sillas contra la pared. Desde allí podía ver que la edificación se extendía hacia atrás, con varias habitaciones. Por lo que pude entrever a través de las puertas semiabiertas, eran varios enfermos en sus camas. Era difícil descifrar si eran gente muy enferma o viejitos esperando su turno de cielo con una infinita debilidad. En otra, vi a un chico con vendas en la cara cubriéndole casi la mitad, un ojo y una parte mínima de la nariz. Alguien sentado en la cama le acariciaba una mano. El niño parecía dormir, pero con dolor. No había quejas, ni gemidos, pero algo me decía que sufría y que su sueño no lograba rescatarlo de aquello que lo hería.
Quien lo atendía se paró, se dirigió hacia la puerta y salió. La señora que me había atendido, mirándome, le habló despacio al oído. Luego, se acercó a mí.
- ¿En qué lo puedo ayudar joven?
Era un cura con un hábito pardo, estaba ceñido a la cintura con un cinturón de cuero negro y tenía una capa también negra. Calzaba sandalias que dejaban ver unos pies fuertes. Parecía relativamente joven, pero la barba lo avejentaba. Era de aquellos curas que hacen de sus formas una adhesión a la pobreza que tratan de paliar con cuidados a tantos excluidos que pueblan nuestra ciudad.
- Buen día Padre. Perdone la molestia.
- No hay molestia hijo, dime.
- Estoy buscando a una chica que trabaja aquí.
- Aquí no hay empleados. Sólo solidaridad del barrio.
- Quizás Padre la conozca por Isolda.
- ¡Ah, Isolda! ¡Qué chica ésta…! Siempre buena y revoltosa.
- ¿Revoltosa?
- Sí. ¡Pero es tan buena! Es que hace más o menos dos o tres meses, alborotó el barrio porque estaban por desalojar los de Macri a unas familias muy pobres de una casa tomada. Los del gobierno dicen que era porque la casa era peligrosa por riesgo de derrumbe, pero acá todos sabíamos que un empresario amigo de ellos había comprado la propiedad por dos pesos y ahora echaban a las familias y éstas no tenían dónde ir. Isolda hizo una reunión acá, en este pasillo -señalaba el pasillo de entrada-, ¡lleno de gente! Estaban bastante de acuerdo, pero de pronto se pusieron a discutir de política. Isolda los paró en seco, les dijo que acá la única política era parar el desalojo. La vieras, tan suave y sin embargo tan decidida, se callaron todos. Ni siquiera las vecinas de adelante que siempre hablan mal de todos osaron decir una palabra más.
- Y… ¿lograron parar el desalojo?
- El desalojo se paró, porque el día que cayeron con la policía ha desalojar estábamos dando una misa en la calle frente a donde vivía la gente. Un tipo que decía que era de Espacio Público nos empezó a gritar que eso no estaba permitido, que nos vayamos sino la policía tendría que intervenir.
- Se puso bravo…
- Isolda fue directo a la Policía, pero no al jefe que estaba delante de una fila de hombres, sino a los que estaban con los cascos, escudos y palos. A cada uno le preguntó el nombre, dónde vivían y si tenían casa. Nadie le contestaba. El funcionario se le acercó y le dijo que se fuera, que ya estaba podrido de los zurdos. Ella lo miró con esos ojos que tiene, como diciéndole “no existís”. Y siguió. Por suerte, dio en la fila de uniformados con uno de los Bermúdez de acá a la vuelta. Cuando lo vio se le acercó y le dijo que él vivía también en un conventillo. Que si le ordenaban reprimir ¿qué diferencia había entre las familias de ahí con las de su casa? Si acaso iba a pensar que le estaba dando un palazo a su abuela Cocha. Así se llama la señora.
- ¿Y la detuvieron o le hicieron algo a Isolda?
- ¡Nooo! El policía que estaba al lado de Bermúdez le pregunto si era verdad lo que ella decía. Y éste dijo sí. Entonces dijo en voz alta como para que el Jefe del Operativo lo oyera: “¡¿Pero qué hacemos acá, ahora le vamos a pegar a nuestra abuela?! El Jefe lo miró fulminante, después la miró a Isolda. Le dijo algo al funcionario de Macri y dio orden de dar dos pasos atrás a la fila policial. Isolda le sonrió. Entonces dio la orden de otros dos pasos atrás. Isolda volvió a sonreír y los polis se fueron a la esquina. Yo seguía dando misa y veía que la gente en vez de acompañarme con el “amén”, aplaudía, no me daban mucha bola. Pero me parece que esa noche Jesús, más que en mi sermón, estaba en la sonrisa de Isolda. ¡Dios mío, qué mujer!
- ¿Y pararon el desalojo?
- Sí, por ahora. La cuestión es que después de la retirada policial la gente rodeó al funcionario del gobierno. La verdad es que yo no vi violencia, pero el tipo decía que le estaban pegando patadas en las piernas, en los tobillos, que las viejas le daban pisotones.
El cura se quedó pensando con los ojos perdidos, una sonrisa en los labios. Me sentí compañero del cura en ese irse hacia dentro. En esas reflexiones no dichas. Esa felicidad íntima que nos toma por sorpresa cuando la vida nos dice que puede ser mejor.
- Padre, ¿hoy viene Isolda?
- No hijo, hace una semana me dijo que ya por un tiempo no podría venir. Me pareció que sería por un largo tiempo.
- ¿Le dijo dónde iba a estar, o sabe dónde vive?
- No sé, Isolda es del barrio. No sé si de algún lugar en especial, pero acá todos saben que ella es de acá.
- ¿Y ahora dónde la busco?
El cura sin responder me llevo adonde Isolda trabajaba en la salita. Era un pequeño escritorio repleto de juegos de mesa de chicos, rompecabezas, algunos títeres. En una de las paredes laterales una pintura con los ojos de tres personas, se podría entender que eran los iconos religiosos y populares de los argentinos. Y abajo una frase que decía “pensaron distinto, hicieron cosas distintas, pero en medio de tantos becerros de oro, posaron su mirada en lo mismo”.
- Empiezo a entender a Isolda, Padre – dije mirando la pintura.
- Puede ser, pero ese cuadro se lo regalé yo.
Me encaminé hacia la salida. El Padre me mostró las habitaciones con los enfermos o heridos. El corazón se me estrujó. Ya en la puerta vi una madera pintada que decía “Cantar es disparar contra el olvido”.
- ¿Ud. eligió la frase padre?
- No, Isolda. Fue un tiempo en el que ella atendía acá a un chico fantasma. Era adicto al Paco. Y ella decía que la gente no quería ver a estos chicos y entonces se volvían invisibles. Pero no para el Estado, a eso los pobres están acostumbrados. Sino que la gente no resistía no hacer nada viendo que a sus pibes se le daba veneno con forma de droga. Entonces, ella decía que cuando los hacían invisibles era para no recordar que estaban allí. Y cuando se cantaba y mucho, se derrotaba el olvido. Y que cuando uno recordaba que en ese momento, en algún lugar de esta ciudad, había un chico que estaba siendo asesinado por paco, había una voluntad más y cuando fueran muchas, tan visibles, estos chicos comenzarían a ser aceptados en los hospitales para ser tratados. Este pibito falleció en aquella pieza. Isolda lloró para adentro, sin lagrimas, sin gestos. Ese día pintó esa maderita y la colgó allí.
En la puerta de calle hasta donde el Padre Jorge me acompaño, volví a insistirle que me diera una pista de cómo seguir mi búsqueda. Sólo recordó que Isolda le hablaba de que pertenecía a un pequeño grupo que leía en común y en voz alta los jueves en el parque Rivadavia y que se encontraban en el banco de los soñadores. No era mucho, pero era algo concreto.
Me fui contento. Sentía que estaba descubriendo a una moza, maga, rebelde… y me gustaba cada vez más. Sin prisa, casi sin destino más que el parque donde se reunían los soñadores, canté bajito bajo el sol de enero por la hermosa ciudad que me tendía sus venturas de amor…
“Hoy que la furia duerme en un callejón
La magia aún no despertó
Yo vengo a hablarte de amor”
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