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Orama, La Maga y Yo
ORAMA, LA MAGA Y YO - Capítulo III
Dardo Moro

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Placita Armenia esta repleta de gente. Chicas a granel. Mi aliento tan agitado, el corazón parece que va a estallar. Me siento en un pilar, tratando de recuperarme. Miro y miro. ¿Qué busco? ¿Con quién hablo?
Mi reloj dice 19,15. Tardé media hora en llegar. ¿Cómo puede ser? ¿Se habrá ido? Soy un boludo. Soy un tipo racional, marxista por herencia, realista. Me enamoré y mucho en la vida. ¿Qué hago acá….en placita Armenia?
Camino alrededor. Costa Rica, Malabia, Nicaragua, Armenia. Dos vueltas enteras y nada. Me siento en la terraza de un bar. Solo en una mesa de cuatro. Me gusta tener espacio. Me resigno.
Hay muchas parejas, grupos de chicos o de amigos. Y yo, solo. Me siento un poco boludo. Mejor me voy a mi casa.
- ¿Puedo llevarme esta silla? - me pregunta un colorada, veintipico, linda, están armando una mesa grande para un grupo de chicas que está llegando.
- Sí, por supuesto.
Porque no traje un libro, algo para disimular que estoy solo y al pedo.
- Disculpame, ¿puedo llevarme una? - otra del mismo grupo, pasable, un poco gordita, pelo castaño oscuro, culo grande.
- Sí, llevala.
- ¿Y esta otra? - otra amiguita, la más linda, morocha, flaca, un poca alta para mi.

Ahora sí que me siento solo. En una mesa para cuatro, sin sillas. Evidente que no estoy esperando a alguien, sino hubiera dicho a la última “no, esa no”. Pero ¿y si era la maga? Estoy loco, y encima solo, con vergüenza de ser loco solo. Esta permitido ser un poco loco, autorizado estar solo, pero los dos términos juntos. Danger!!!!

Son 8 menos 5. A los 8 me voy. Y a la mierda Orama y su maga. Levanto la mano, sin saber quien me atiende, hago señas a una moza de que quiero pagar. Lo hago con una urgencia que la mina debe pensar que quiero ir al baño, que me descompuse, que me dejaron plantado y quiero huir.

- ¿Necesitás la cuenta?
- Sí, por favor.
- ¿Te clavaron?
Recién ahí la miro.
- No exactamente , pero sí.
- Ahora te la traigo.

Dos minutos después, la moza de nuevo. Me deja un mojito.
- No es para mi, yo te pedí la cuenta.
- Este te lo regalo, ayuda y estas cinco minutos más.
La vuelvo a mirar. Entre 25 a 30 años. Castaño casi rubio. Delgada, muy delgada. Buena cola. Pero hay algo que me atrae en sus ojos, son marrones marrones. Quiero decir que son de color marrón, pero sus parpados también y resaltan en una piel blanca. Tengo ganas de hablarle pero se fue. Trato de espiar donde se fue. Y de tanto buscar no me doy cuenta que una joven se había sentado frente a mi. Era la última en pedirme la silla. Me miró, me sonrió.
- ¿Puedo?
- Sí, por supuesto - siempre digo lo mismo, soy un reboludo.
- Me pareció que estas solo esta noche, y yo también porque las chicas se van, ¿me hacés el aguante?
- Sí, por supuesto - no te digo, un súper…

Me jacto de hablar bien con el sexo opuesto. Que logro atraer con mis palabras su atención y en ello va mi mejor arma de seducción. Pero este atardecer, no. De alguna manera me cohibió. Su personalidad, sus tetas. No sé, algo. Será que la maga me eligió.

Miré el reloj, 8 y 5. No, no es. Orama me dijo tipo 7. No es. Estoy loco, creo en un grupo de amigos que me quiere curar la tristeza haciéndome chocar con una maga y, como se pasa el horario, digo que la chica que me choca no es, por cinco minutos no es. Estoy estupidamente loco.

Charlamos un rato. Se llama Paula, 27 años, casi recibida de abogada, no le gusta. Va a comenzar alguna carrera que tenga que ver con el turismo. Soltera, con un departamento en Villa Urquiza. No me atrevo a contarle nada de que vine a chocar con ella, mejor dicho, con la maga. Así que relato lo de siempre. Empezamos a conocernos…

Tengo que ir al baño. Te espero me dice, como si me pudiera abandonar. Bajo la escalera hacia los toilletes que están en planta baja. Encuentro a la moza.
- ¿A qué hora salís? - no se porque digo esto, pero lo vomité.
- Dentro de un rato, pero estoy casada - me sonríe.
- Aaahhh.
- ¿Te sirvió el mojito?
- Sí, sí. Gracias.

Entro al baño, no miro a nadie, solo orino, no pienso. Cuando salgo subo las escaleras corriendo. Me detengo, bajo, la encaro de nuevo.
- No me dijiste a que hora salís, me dijiste en un rato.
- Te dije que estoy casada.
- Sí, ya sé, pero no te pregunto eso.
- Es una forma de responderte que no voy a salir con vos. Además la morocha te esta esperando.
- ¿A las 9?
- Sí, a las 9.

Subo corriendo. Me siento a la mesa y sigo charlando con la morocha. Hermosa mina.

 

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