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Orama, La Maga y Yo
ORAMA, LA MAGA Y YO - Capítulo IV
Dardo Moro

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…donde empieza y donde acabará
el destino que nos une
y que nos separará…

Varios días pasaron sin encontrar a mis amigos, a Orama, ni a las chicas de placita Armenia. Solo dudas se me incrustaron en la memoria. Volví a mi ser racional, él me protegía de los juegos de la mente y el corazón. Aunque muchas veces me enfermó de soledades.

Si alguno creyó que esa noche descubrí a la maga entre aquellas jóvenes, se equivocó. Me gustó conversar con Paula, nuestras ideas se encontraban y deleitaban en las coincidencias. Hacíamos todo para agradarnos. Me encantaba su forma de torearme, quizás como nadie lo había hecho.
- Dardo ¿por qué me mirás tanto las tetas?, queda mal.
- No sé, te juro que no soy así – mentira, mentira, mentira.
- ¿Estás seguro? Por que lo haces con una naturalidad que no molesta. Pero todos se dan cuenta. Mirá como nos observa la moza…
- ¿Qué moza?
Cuando miré, no la vi. Ni a ella, ni a nadie. Paula me había cargado, o yo no sabía darme cuenta cuando me vigilaban.

A las 9 le dije que tenía que ir hasta la casa de una amigo, a un par de cuadras.
- Si querés, te espero. No tengo nada que hacer.
- Bueno, dale.

Bajé las escaleras. No la vi. Salí hacia la vereda. Estaba allí, despidiéndose de una amiga o esperándome. No sé. Me permitió acompañarla hasta el colectivo. Solo una cuadra y media. Charlamos. Me presenté de la mejor forma que pude. Ella también. La diferencia fue que me dijo como seis veces que era casada. ¿Las magas de uno, se casan? Le pedí si podía volver al bar a verla. Me dijo que al bar sí, por supuesto, un nuevo cliente. Se sonreía. Habíamos llegado a la parada.
Parecía a cada momento cortarme el rostro. Lo único que me alentaba (y mucho) era que le hablaba a un centímetro de su cara y ella se quedaba. Sentía su aliento. Sus ojos tristes algo me decían. Todavía era imposible descubrirlo.
Llegó el bondi, ya no había tiempo. Nos despedimos con un beso en la mejilla, todo muy correcto. Apenas se subió, el colectivo arrancó y del estribo me dijo:
- Se te ve bien con la morocha.
- ¿Qué morocha?????
- Me llamo Magalí, chau.

Llamé a Mingo. Le pedí, le supliqué, le grité que consiguiera que me viera con Orama. Solo disculpas, no sabía como localizarlo. Que ganas de putearlo, pero que culpa tenia él.
Me fui a La Paz, tal vez estuviera allí. Me quede leyendo mas de una hora y media. Al fin apareció. Se sentó frente a mi.
- No me digas nada, ya sé. No sabés quién es, ni siquiera si alguna de las dos es tu maga
- ¿Pero como carajo sabés?
- No importa, un amigo que siempre anda por ahí, me contó.
- ¿Vos sabés cuál es?
- No, ni en pedo, eso lo tenés que descubrir vos
- Una me puso como un escudo a su marido, y la otra me dijo “te espero”, y cuando volví ya no estaba. ¿Qué hago?
- ¿Leíste la hoja que te di?
- No, no pude. No, mentira. Me pareció fantasioso todo y después me olvidé.
- Leela, pensá y después busca a tu maga.

Orama tomó un cigarrillo del atado de la mesa de al lado. Nadie le dijo nada, el tipo le sonrió. Siempre raro este hombre. Traté de recordar dónde había dejado la hoja de aquel libro. Me parece que quedó en la campera. Seguro que estaba en el auto. Pagué y me fui hacia el estacionamiento. Busqué en la campera y la encontré. Me quedé sentado en el asiento del Peugeot sin arrancar. Leí el trozo de papel:

“La diversidad de los seres humanos se muestra …
En lo que se refiere a una mujer, por ejemplo, el más modesto considera ya que disponer de su cuerpo y gozar sexualmente de él constituyen indicio suficiente y satisfactorio del tener, del poseer; otro, acuciado por una sed más suspicaz y más exigente de posesión, ve “el signo de interrogación”, el carácter meramente aparente de tal tener, y quiere pruebas más sutiles, ante todo para saber si la mujer no solo se entrega a él , sino que también deja por él lo que tiene o le gustaría tener: solo así la considera “poseída”. Pero un tercero, tampoco ha llegado aún con eso al final de su desconfianza y de su voluntad de tener, éste se pregunta si la mujer, cuando deja todo por él , no lo hace por un fantasma de él ; quiere primero ser bien conocido a fondo , conocido incluso en sus abismos , para poder ser en absoluto amado, él se atreve a dejarse adivinar. Siente que la amada esta completamente en posesión suya tan solo cuando la amada ya no se engaña sobre él , cuando lo ama por su condición diabólica y su oculta insaciabilidad tanto como por su bondad , paciencia y espiritualidad.”
Friedrich Nietzsche

¿Qué carajo quiere que entienda de esto Orama? El concepto me parecía atroz. El sentido de propiedad, la entrega exigida una exageración. Acaso para ser amor ¿había que llegar hasta allí, hasta donde pedía Nietzsche? Pero Orama no era tan simple. Buceé en lo que habían sentido mis amores por mi. Y siempre me pareció que ellas me habían querido incluso después de haber conocido mis abismos, mis egoísmos. ¿Sería así? Si lo fuera, ¿por qué habían terminado aquellas parejas? No estoy seguro.

Pasaron muchas cosas por mi cabeza, los momentos de amor y poesía, aquellos de instintos y transpiración. Las largas charlas, las confesiones, los celos, las complicidades, las traiciones.

- Señor , cerramos.
- Sí, ya voy, me quedé dormido- mentí porque me di cuenta que ya no quedaban coches en el estacionamiento. ¿Cuánto tiempo pasé allí?

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