Menu Home Acerca Contacto

 

Orama, La Maga y Yo
ORAMA, LA MAGA Y YO - Capítulo VIII
Dardo Moro

ImprimirRecomendar esta noticia a amigos  Agregar a FavoritosComentar

 

Pasé muchos días tratando de recomponer lo que había ocurrido esa noche. Sin embargo, me había invadido una inmensa laguna de olvido. Hasta dudaba si había estado allí… ¿qué eran esa multitud, esas murgas, ese clima de rebelión y alegría? Quizás nada haya existido. Pero… ¿y la moza?, ¿por qué estaba allí?, ¿por qué la encontré? O… ¿ella me estaría esperando? No puede ser.

Consulté a mis amigos, nadie me había visto estar con ella. Aunque les pregunté y les repregunte hasta el cansancio, ninguno de ellos había escuchado ninguna proclama. Apenas habían llegado hasta el Cid Campeador y luego se habían ido tras dos turistas que querían llegar a Palermo.

Tengo apenas retazos después de haberme encontrado con ella. Recuerdo su mano tomándome. Su señal de hacer silencio para escuchar no sé qué porque me había perdido en su rostro. Todo se había hecho callado para mis oídos. Y en mi mente sólo veía sus ojos marrones marrones, sus labios, su cuello alargado y fuerte. No había escuchado nada. ¡Tarado de mí!

Recuerdo ella tironeándome de la mano y diciendo:
- ¿Y qué te pareció? ¿Bueno o profundo?
- Las dos cosas, Magalí, las dos cosas.
- ¿Por qué me llamás Magalí?
- Vos me dijiste que te llamabas así –balbuceé entre asombrado y abochornado porque presentí una cargada-.
- Mirá vos…Magalí. La verdad, no me gusta.
- ¿Pero te llamás así, o cómo?
- Me llamo de muchas maneras. Depende. Sobre todo de la cara de mi interlocutor.

Todo se desvanece. Me veo caminando con ella por la Avenida San Martín, cuadras y cuadras. Sobrepasar el puente de Chorroarín. Sentarnos un rato en la puerta de Agronomía. Y después… ¡nada! …la laguna.

La tierra se había tragado a la moza sin nombre. En el bar me dicen que trabajó sólo una semana y renunció, que no la conocen. Otra moza me dio la dirección de un departamento donde vivía en Virrey Loreto al 3200. Fui, toqué el portero eléctrico, me atendió una voz de mujer, era una chica que estaba haciendo la guardia de la inmobiliaria porque estaban por alquilarlo. Miré las paredes vacías, busqué señales que me dijera algo sobre ella. Nada. Pedí permiso para ir al baño y sin esperar contestación entré. Nada de vuelta…aunque…había un papel. Lo agarre rápidamente, era apenas una parte de una parte de un hoja. Sólo decía “Cantar es disparar contra el olvido”. Lo leí como si fuera un mensaje secreto, con temor a que alguien me viera. Salí a velocidad del departamento y del edificio. Quería estar en la calle, solo, libre, para volver a leer.
Había leído esa frase, o escuchado. No sé, pero la conocía. ¡¡Mi querida moza!! ¡¿Por qué sos tan difícil?!

Los días se hicieron largos. El calor en la ciudad aletargaba todo. Mis amigos partieron a la playa. Y Orama había también desaparecido. Sentía que no me tenía que dar por vencido. Muchas horas en el laburo las pasaba tratando de saber qué significaba ese rastro dejado (creo) por mi moza-maga-fantasma.

La redacción estaba casi vacía. Pocos éramos los que trabajábamos en enero. Casi nadie compraba la revista. Y la verdad, me interesaba poco. Sólo que quien quedaba a cargo de la sección era un hincha pelotas. Me pidió una investigación sobre qué políticos no veraneaban y se quedaban trabajando. Como si a alguien le interesara esa pelotudez. Pero él creía que demostraba alguna diferencia entre unos y otros. Un pelotudo insigne.

Miraba la pantalla del monitor como si la compu me fuera a tirar una idea. Mientras, mi cabeza divagaba.
- Hola Dardo, ¿cómo andás? - era Claudia, la secre del jefe de redacción. Siempre en toda oficina hay una Claudia (mas allá de cómo se llame). Una mujer buenísima, arriba de los 50, muy arregladita, casi impecable, siempre dispuesta a dar una mano. Esa persona a quien le preguntás sobre algún papel que creés perdido y ella sabe dónde está. Se ve que ha sido una mujer linda, que ha conocido los placeres del sexo, pero que ya no practica. Y se ruboriza si alguien le dice un piropo por más suave que éste sea-.
- Hola Clau. Bien todo bien. En realidad, para que te voy a mentir. Estoy con la mente en blanco para escribir una nota que tengo que entregar mañana. Me la pidió el pelotudazo de Gutiérrez. Encima no la va a leer nadie.
- Es que tiene pocas ideas, la debe haber copiado de Viva o de 23 –sonrió la inteligente secretaria. En pocas palabras había definido todo con una exactitud digna de un relojero antiguo.
- Chau Dardo, me voy a comprar un regalo a la mujer del jefe. Cumple años y estoy segura que se va a olvidar.
- Otro pelotudazo.
- No, che. Tiene muchas cosas en la cabeza – (“mmm…amor escondido…” pensé)-.
- Che Clau ¿a qué te suena esta frase?: “Cantar es disparar contra el olvido.” - tiré la incógnita como un último cartucho…-
- Los Rodríguez….
- ¡¡¿¿Cómo los Rodríguez??!!
- Si, hay una canción de ellos que dice eso.
- ¿Estás segura? ¿Cómo se llama?
- No me acuerdo. Mi marido cuando se fue me la dejo escrita como un poema, para que yo entendiera porque se iba, en una parte decía “…me desespero de esperarte, no salgo a buscarte porque se que corro el riesgo de encontrarte”.
- Pero si él te dejó ¿por qué decía eso?
- No me “dejó” en el sentido que lo decís vos, se murió…

Mi cara se congeló. Mi cutis morocho se puso blanco pálido. Sin saber qué decir, tratando de entender al marido de Claudia….

- ¡Pero el pelotudazo soy yo…!
- No te preocupes Dardo, no podías saber. El me quería mucho y su mensaje tenía que ver con su creencia en que cuando él se fuera yo debía vivir, recomenzar, ir en búsqueda de un nuevo amor. Que él tendría que esperarme pacientemente, que ya nos volveríamos a ver alguna vez y nacería un amor más profundo, menos egoísta, menos posesivo, más grande. Que no tenía que desear acompañarlo a pasar esa puerta. Que tenía que hacerlo solo. Y sólo pedía que sostuviera su mano en el momento del paso. Así lo hice. Lo que no pude es buscar otro amor. No puede tener sed quien esta saciado.
- Perdoná, no sabía…
- Y ¿cómo ibas a saber? …si nunca cuento nada…

La conversación terminó. No abruptamente, ni mal. Había dicho lo que tenía que decir. Y yo había escuchado lo que tenía que escuchar. Dejé la compu encendida y me fui. En mi cabeza daba vueltas la sensación de que a veces no conocemos a la persona detrás de la máscara que vemos todos los días. Qué pobres nos hace eso, sí…qué pobres…

 

 

<  Anterior  |  Siguiente  >

 

 

Comentar este texto

Comentarios

Aún no hay comentarios para este texto

 

 

Subscribirse RSS Feed Subscribirse

Volver