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Orama, La Maga y Yo
ORAMA, LA MAGA Y YO - Capítulo IX
Dardo Moro

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Caminé sin darme cuenta hacia dónde. Mi mente se había puesto en blanco. Ni siquiera sé como llegué a mi departamento. Aquel era el único lugar que sentía totalmente mío, pequeña cueva, bastante ordenada para ser soltero. Si bien tenía un dormitorio y un living cómodos, mi rincón era la cocina. Una mesa cuadrada como si fuera de un viejo bar. Mi notebook sobre ella, el termo, el mate, una novela de Bolaños a medio leer. En aquella guarida culinaria me sentía protegido, me encontraba sinceramente conmigo. Esta vez fui directo al dormitorio, traté de pensar en el porqué de la frase, mil preguntas sin respuestas se acumularon en mi duermevela. ¿Era un mensaje aquel papel? Si lo era ¿estaba dirigido a mí? Si así fuera ¿qué quería decir? ¿El tema era la canción o el cantante? ¿Cuál era la clave para ir a buscarla?... ¿era…? …el sueño me invadió y dormí.

Me desperté con cierta angustia. Sentía que durante el sueño, por momentos, no había podido respirar. Me llené los pulmones. No me alcanzó. Abrí las puertas del balcón y un aire caliente nocturno entró y me bañó. Lo sentí lleno de vida, como si trajera vapor de hojas de eucalipto y abriera mis alvéolos. Sin embargo, la ansiedad no se retiraba, con ese gusto que me deja en el alma cada vez que aparece y me acerca a mis miedos.

Fui hacia la cocina. Las mismas preguntas me asaltaron. Y ni una respuesta. ¿Estaría frente a un rastro o seria mi cabeza contagiada de una enfermedad que convertía los azares en conspiraciones? Difícil saberlo.

Un nuevo mate, el agua caliente, el sorbo lento. Todo mi cuerpo parecía retomar orden con aquel rito. Mi celu avisaba que tenía un llamado perdido o un mensaje. Era Orama (que hijo de puta cuando más lo necesitaba éste desaparecía): “Hola Dardo. Alberto me dijo que me andás buscando. Pero estoy en Gesell y resolví venir sin celu, así que te va a costar encontrarme. Me parece que la piba anda trabajando con uno de esos pastores televisivos, que tiene una iglesia por Constitución, o cerca. Chau, te veo en quince días”.

El chanta me dejaba por lo menos la esperanza de saber por cuál zona buscar. Aunque con Orama nunca se sabía si era un dato posta o se trataba de un mensaje, un acertijo. ¿De dónde conocerá a la Moza Maga?

Me bañé con celeridad. Quería ya estar en Constitución. Era de madrugada. Recién tomé dimensión de la hora cuando vi que las calles estaban semi vacías. Caminé hasta Plaza Italia para tomar el 12. Buenos Aires tiene una personalidad dual. Algunas veces es la ciudad de la compañía, repleta de lugares para encontrar amigos o para andar buscando caminos propios abrazados a la pasión de nuestra compañía eventual o no. En medio de discusiones de amigos o estudiantes, entre charlas risueñas de chicas encervezadas, podrás leer tu libro en una mesa rodeada de todos los sonidos y tu mente podrá volar como si estuvieras en la biblioteca silenciosa de la facultad de derecho. Pero otras veces, muchas veces, la metrópoli es un laberinto de soledades, donde los hombres parecen no tocarse, no verse, no oírse. Calles repletas, colectivos apretados de olores, subtes de pieles apiladas, pero todos invisibles. La ciudad se cree así misma progresista, moderna, tolerante, pacífica, sin embargo, tantas veces muestra sus otras caras, la violenta, la racista, la conservadora, es el momento en que la ciudad libertaria de los hombres de mayo deja ver sus otros genes hechos de contrabandistas, ventajeros, autoritarios. La ciudad que ama la educación pero después altanera llama a no ahorrar sangre de gaucho mientras su vereda no se ensucie de bosta.

Esa noche tardía, mi orfandad de amigos y respuestas, me hacía parecer que Buenos Aires era más distante y egoísta que nunca. Al fin, vino el cole. Solo cuatro pasajeros. Uno durmiendo, una pareja que no paraba de besarse y un tipo extraño, de esos que cuando cruzamos la mirada rápidamente cambiamos su dirección. De esos que no dicen nada con su rostro, pero su mirada, esas nubes en sus ojos que nos hacen sospechar asesinos seriales, depravados o perdidos de todo respeto por el otro.

El viaje fue en silencio total, sólo los ruidos amorosos de la pareja. Bajaron en Combate de los Pozos y San Juan, también bajó el oscuro señor. Temí por los chicos. Mientras se alejaba el colectivo los seguí con la mirada. La pareja continuaba en lo suyo, a cinco metros detrás el personaje no les sacaba los ojos de encima. Pensé “mañana voy a leer las policiales a ver si aparece algo”. Cuando se bajó, me pareció verle tatuada una esvástica. Nazi tenía que ser. Ya los veía muy pequeños. Dos cuadras adelante el 12 para y sube gente, guiado por un impulso baje y corrí en dirección de la parejita y el perseguidor.
Vi a la distancia que la pareja se paraba delante de un gran portón de una casa. Parecían estar despidiéndose. Besos, algunas caricias. Y allí, a unos metros, aquel fortachón se detuvo casi escuchando la conversación ajena. Me faltaban diez metros para llegar a rebasar la línea de los enamorados, pero aún tan cerca no sabía que hacer. ¿Acaso me atrevería a alertarlos, que el grandote se diera cuenta y yo recibir una paliza sin comerla ni beberla? ¿O debería enfrentar directamente al pervertido y quizás, con el factor sorpresa, golpearlo, salir corriendo y evitar con el batifondo que sean atacados los chicos distraídos en sus arrumacos?

Vi como ella daba su último beso, abría la puerta y entraba. El muchacho se quedó mirando el portón que se cerraba, en sus ojos parecía haber tristeza por la separación. El perseguidor avanzó unos pasos y trabó conversación con el joven. Ya oía sus palabras. Sin saber que hacer, para irrumpir, les pedí un cigarrillo y fuego. Como casi sin verme me extendieron un Marlboro y un encendedor. El nazi sin quitarle los ojos de encima e ignorándome, siguió hablando:

- ¿Estás seguro de lo que estás haciendo?
- No. Pero ¿qué querés? …hay cosas que uno no elige.
- No seas boludo. Te va a ir como la mierda.
- Pero ¿vos vas a hacer algo?
- No sé, depende de vos.
- ¡Es que me muero!
- ¡Pero no seas boludazo! ¿Y Mica?
- La quiero mucho, pero esta mina me mata.
- ¡Me muero, me mata! …pero si la conociste en el colectivo…
- No importa Javi, es así. Nos cruzamos y nos enamoramos.

Me había quedado petrificado escuchando la conversación. Tarde algunos segundos, o minutos, en darme cuenta que el único pelotudo de esa escena era yo. Volví a caminar hacia Constitución. Pite el cigarrillo varias veces seguidas como buscando que el humo al entrar en los pulmones me hiciera daño. Es que tengo una imaginación casi… infantil. Es la madrugada que se presta a los complots, es la soledad que anima los sueños, es la búsqueda de la maga, o la moza, o quién sabe dios quién, que me provoca estos brotes de…

 

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